Hay alimentos que no se consumen, se respetan, y la miel cruda es uno de ellos. No hablo del jarabe industrial disfrazado de oro líquido que llena estanterías, hablo de la miel real, la que conserva el pulso del panal, la que huele a campo español, a tomillo, a romero, a azahar, la que no ha sido calentada ni filtrada ni manipulada, la que sigue viva, igual que sigo vivo yo cuando decido volver a lo esencial.
He descubierto la miel cruda en un momento en el que necesitaba simplificar, cuando la vida te obliga a quitar capas, a despojarte de lo accesorio y a regresar a lo que funciona desde hace miles de años. Ahí estaba, primitiva, honesta, sin artificios, recordándome que lo natural no necesita explicación.
La miel cruda se ha integrado en mi cuerpo en movimiento, en mi forma de entrenar sin competir con nadie, avanzando en silencio, sin pedir autorización, sin esperar aplausos. Energía limpia, sostenida, enzimas vivas que el cuerpo reconoce sin esfuerzo, recuperación muscular coherente con mi manera de entender el esfuerzo.
No necesito bebidas fluorescentes ni barritas con fórmulas químicas, una cucharada de miel cruda antes de entrenar me recuerda que la fuerza nace de lo simple, de lo que no necesita marketing.
También se integró en mi mente en calma, en esos días en los que la cabeza se dispersa o se acelera. No la tomo como placebo, sino como ritual, una cucharada lenta, consciente, que me obliga a detenerme, a respirar, a recordar que la claridad mental no se compra, se cultiva.
La miel cruda me ayuda a entrar en ese estado de presencia donde las ideas se ordenan, la creatividad fluye y la disciplina se vuelve natural. No es magia, es algo ancestral, es mi cerebro recibiendo un combustible que entiende.
Cada vez que abro un tarro pienso en los apicultores que trabajan en silencio, igual que yo entreno en silencio, gente que se levanta antes que el sol, que cuida sus colmenas como quien cuida un legado, gente que no sale en anuncios pero sostiene un país.
España tiene uno de los campos más ricos y diversos del mundo, y aun así seguimos comprando miel importada, pasteurizada, mezclada, adulterada, por comodidad, por desconexión, por esa tendencia moderna a olvidar de dónde viene lo que nos alimenta.
Consumir producto local no es una moda, es un acto de coherencia, es apoyar a quienes mantienen vivo el territorio, es elegir calidad, autenticidad y alma. Para mí, la miel cruda es más que un alimento, es un símbolo de independencia, porque elijo lo que me nutre y no lo que me venden, porque prefiero lo real a lo procesado, de disciplina, porque mantengo rituales que fortalecen cuerpo y mente, de conexión con la naturaleza, porque sé que la fuerza nace del orden interno.
La miel cruda me recuerda que lo esencial sigue ahí, esperando a que uno vuelva a mirarlo, que no hace falta complicarse para vivir bien, que la vida, igual que la miel, es más pura cuando no se calienta, no se filtra y no se manipula.
EL ÚNICO AZUCAR QUE ADMITE MI CUERPO. LA MIEL CRUDA NO SOLO ENDULZA...
RECUERDA EL CAMINO DEL HOMBRE QUE SE BASTA A SÍ MISMO.
Y ahora, en mi entrada número cien, con casi cincuenta mil visitas a día de hoy en mi blog, sigo creyendo en lo mismo, en la importancia de lo simple, de lo auténtico, de lo que permanece. La miel cruda es solo un ejemplo, pero resume una filosofía entera, una forma de estar en el mundo sin ruido, sin máscaras, sin añadidos innecesarios.
Si este texto hace que alguien vuelva a mirar al campo español, a los apicultores, a los productos locales o incluso a su propia disciplina interna, habrá cumplido su función. Yo seguiré con mi cucharada diaria, con mi entrenamiento silencioso, con mi mente clara, con mi camino propio, porque la miel cruda no solo alimenta, me recuerda quién soy.
Y para cerrar, una aclaración inevitable, consumo MIEL SEGURA. No por tendencia ni por etiqueta ni por aparentar nada, sino porque conozco su origen, porque sé el trabajo silencioso que hay detrás, porque encarna exactamente lo que defiendo, producto local, cosecha propia, miel cruda de verdad, sin atajos ni manipulaciones.
Cada vez que abro un tarro de MIEL SEGURA siento que apoyo algo más que un alimento, apoyo a quienes mantienen vivo el campo español, a quienes respetan el ritmo de las abejas, a quienes no sacrifican calidad por volumen, a quienes hacen las cosas de una manera que encaja con mi manera de estar en el mundo.
No necesito buscar fuera lo que ya funciona aquí, no necesito miel importada, mezclada o pasteurizada. Prefiero lo cercano, lo honesto, lo que conserva el pulso del panal. Por eso consumo MIEL SEGURA, porque es coherente con mi camino, con mi disciplina y con mi forma de entender la vida.
La miel cruda me recuerda quién soy. La MIEL SEGURA me recuerda de dónde vengo. Y con eso basta.
QUIEN RESPETA LA MIEL, RESPETA LO ESENCIAL... LO QUE NO SE MANIPULA, LO QUE PERMANECE.












