Hoy cumplo 48 años. Y no lo digo como quien marca una fecha en el calendario, sino como quien abre un capítulo nuevo con la serenidad de quien ya ha vivido lo suficiente para entender que nada está garantizado, pero todo puede ser honrado.
No se cumplen 48 años todos los días. Y menos con el cuerpo fuerte, la mente despierta y el alma en paz. Hoy no celebro un número, celebro que sigo aquí, consciente, presente, refinado por la filosofía, templado por la vida y decidido a caminar sin miedo hacia lo que venga. Y te confieso algo, este ha sido uno de los artículos más costosos que he escrito hasta ahora. Llevo más de un mes con él, dándole vueltas, buscando las frases exactas, afinando cada palabra como si fuera una nota en una pieza musical que no admite errores. No quería escribir por escribir, quería decir algo verdadero, algo que me representara, algo que mereciera ser leído.
La filosofía no la leo, la vivo.
Desde que empecé a estudiar filosofía, porque estudiar filosofía es estudiar, no leer, entendí que la vida no es un relato que se observa desde fuera, sino un combate que se libra desde dentro. Los estoicos no me han enseñado a ser fuerte, me han enseñado a recordar que ya lo era. Me han enseñado que el presente no es un enemigo, que el futuro no es una amenaza, y que la muerte no es un monstruo, sino simplemente el final natural de un camino que merece ser recorrido con dignidad.
Y hablando de la muerte… La acepto, la entiendo, la respeto. Aunque también sé que siempre habrá alguien que me la desee, sobre todo en el trabajo, pero bueno… Dejemos a Dios lo que es de Dios. Y lo que tenga que ser, será. Además, incluso cuando me toque irme, algo de mí seguirá aquí, mi blog, mis palabras, mi Método Hache. Mi rastro digital será más persistente que yo. Memento Mori. Yo sé que moriré. Y precisamente por eso vivo.
Me siento fuerte: físicamente, mentalmente, vitalmente.
A mis 48 años no me siento en declive, me siento en ascenso. Mi cuerpo responde. Mi mente responde. Mi espíritu responde. No busco juventud, busco presencia. No busco eternidad, busco intensidad. No busco garantías, busco coherencia. Y la coherencia es simple, lo que venga, lo enfrentaré. Lo que se vaya, lo dejaré ir.
Mi fortaleza no es arrogancia, es aceptación. He aprendido a estar solo sin sentirme vacío. He aprendido a amar sin perderme. He aprendido a decir NO sin culpa. He aprendido a decir SÍ sin miedo. He aprendido que la paz no se encuentra, se construye. Y que la libertad no se pide, se ejerce. No quiero una vida fácil, quiero una vida verdadera.
48 años no son un número, son un manifiesto.
Son la prueba de que sigo luchando, de que sigo creciendo, de que sigo eligiendo la vida incluso cuando la vida no me lo puso fácil. No quiero vivir mucho, quiero vivir bien. No quiero que la vida me proteja, quiero que me pruebe. Porque cada prueba me recuerda que sigo vivo. Y cada día que sigo vivo, sigo construyendo mi camino.
Dedicatoria.
A mi padre, a su memoria, a su voz que aún escucho en mis silencios. A su fuerza, que vive en la mía. A su ausencia, que nunca fue olvido. A su presencia, que nunca dejó de acompañarme. Este manifiesto es también suyo, porque una parte de mí, sigue siendo suya.
Hoy cumplo 48 años... Y estoy listo para lo que venga.
No temo lo que viene. No cargo lo que pasó. No me aferro a lo que no es mío. Y no me detengo por nada. Porque vivir, de verdad vivir, es avanzar sin miedo, sin prisa y sin permiso.
Responsable de mis disparos.
A veces pienso que mi vida es un poco como la canción Shots de Imagine Dragons, un desfile de disparos fallidos, aciertos inesperados y algún que otro milagro que ni yo sé cómo ocurrió. Y aun así, aquí sigo, celebrando otro año más como quien levanta una copa medio llena… O medio vacía, según el día, pero siempre con ganas de brindar.
He metido la pata más veces de las que me atrevo a contar, he querido mejor de lo que he sabido, y he aprendido peor de lo que debería. Pero también he reído hasta dolerme la cara, he llorado por cosas que valían la pena y por otras que no, y he descubierto que, al final, lo único que realmente importa es seguir afinando el tiro, aunque la puntería sea un desastre.
Con los años también he entendido algo que nadie te explica cuando empiezas a vivir, que importa, y mucho, de quién te rodeas. En la vida, igual que en las empresas, existe una especie de organigrama invisible, una jerarquía que no siempre coincide con quien realmente mueve los hilos. A veces el que está arriba no es el que más sabe, y el que está abajo tiene un talento y una claridad que podrían sostener el mundo entero. Pero ahí entran dos cosas que nunca pasan de moda, el respeto y la humildad. Saber reconocer el valor de quienes te acompañan, independientemente del escalón que ocupen, es una de las lecciones más finas que te regala el tiempo.
Y quizá por eso, con los años, he llegado a la conclusión de que en algún momento debí hacer un pacto con el diablo. No uno de esos de película, con humo rojo y contratos en pergamino. El mío es más discreto, casi cómplice, hasta que no termine mi misión en esta vida, no me llevará con él. Mientras tanto, me mantiene en pie, con la mente lo bastante clara y el cuerpo lo bastante terco como para seguir avanzando incluso cuando tropiezo con mis propios cordones.
A veces siento que ese diablo se ríe conmigo, o de mí, cuando fallo estrepitosamente, cuando apunto fatal o cuando la vida me sorprende con un milagro improvisado. Pero ahí está, recordándome que mi misión no es ser perfecto, sino persistente. Que no vine a acertar siempre, sino a seguir disparando aunque la mano tiemble.
Hoy no pretendo ser más sabio que ayer ni más perfecto que mañana. Solo quiero reconocer que sigo en construcción, que sigo probando, fallando, acertando… Viviendo. Y que, si algo he entendido con los años, es que no pasa nada por no tenerlo todo claro. Lo importante es no dejar de apuntar, y hacerlo rodeado de gente que te sostenga, te rete, te enseñe y te recuerde que nadie dispara solo.
Así que aquí estoy, un año más, con mis luces, mis sombras, mis fuegos artificiales internos y ese pacto extraño que me mantiene en marcha.
Y si algo te llevas de este artículo, que sea esto, la vida no se trata de no fallar, sino de seguir disparando con el corazón en la mano y una sonrisa torcida, aunque sea para reírte de ti mismo.
Porque al final, entre lágrimas y carcajadas, entre tropiezos y pequeños milagros, lo único que realmente cuenta es que seguimos aquí. Y eso, créeme, ya es un triunfo.
QUE LA VIDA ME ENCUENTRE SIEMPRE DISCIPLINADO EN EL CAOS…
LO QUE NO CONTROLO ME FORMA Y LO QUE ELIJO ME DEFINE.










