🄴🄽 🄻🄰 🄼🄴🄽🅃🄴 🄳🄴 🅄🄽 🄶🅄🄴🅁🅁🄴🅁🄾 🄽🄾 🄲🄰🄱🄴 🄻🄰 🄳🄴🅁🅁🄾🅃🄰

Datos personales

Mi foto
Detrás de cada persona se esconde una historia real. ¿Quieres saber más acerca de quién soy y de cómo le di vida a mi proyecto? Déjame mostrarte un recorrido para nada convencional.

miércoles, 4 de febrero de 2026

MIEL CRUDA

Hay alimentos que no se consumen, se respetan, y la miel cruda es uno de ellos. No hablo del jarabe industrial disfrazado de oro líquido que llena estanterías, hablo de la miel real, la que conserva el pulso del panal, la que huele a campo español, a tomillo, a romero, a azahar, la que no ha sido calentada ni filtrada ni manipulada, la que sigue viva, igual que sigo vivo yo cuando decido volver a lo esencial.

He descubierto la miel cruda en un momento en el que necesitaba simplificar, cuando la vida te obliga a quitar capas, a despojarte de lo accesorio y a regresar a lo que funciona desde hace miles de años. Ahí estaba, primitiva, honesta, sin artificios, recordándome que lo natural no necesita explicación.

La miel cruda se ha integrado en mi cuerpo en movimiento, en mi forma de entrenar sin competir con nadie, avanzando en silencio, sin pedir autorización, sin esperar aplausos. Energía limpia, sostenida, enzimas vivas que el cuerpo reconoce sin esfuerzo, recuperación muscular coherente con mi manera de entender el esfuerzo.

No necesito bebidas fluorescentes ni barritas con fórmulas químicas, una cucharada de miel cruda antes de entrenar me recuerda que la fuerza nace de lo simple, de lo que no necesita marketing.

También se integró en mi mente en calma, en esos días en los que la cabeza se dispersa o se acelera. No la tomo como placebo, sino como ritual, una cucharada lenta, consciente, que me obliga a detenerme, a respirar, a recordar que la claridad mental no se compra, se cultiva.

La miel cruda me ayuda a entrar en ese estado de presencia donde las ideas se ordenan, la creatividad fluye y la disciplina se vuelve natural. No es magia, es algo ancestral, es mi cerebro recibiendo un combustible que entiende.

Cada vez que abro un tarro pienso en los apicultores que trabajan en silencio, igual que yo entreno en silencio, gente que se levanta antes que el sol, que cuida sus colmenas como quien cuida un legado, gente que no sale en anuncios pero sostiene un país.

España tiene uno de los campos más ricos y diversos del mundo, y aun así seguimos comprando miel importada, pasteurizada, mezclada, adulterada, por comodidad, por desconexión, por esa tendencia moderna a olvidar de dónde viene lo que nos alimenta.

Consumir producto local no es una moda, es un acto de coherencia, es apoyar a quienes mantienen vivo el territorio, es elegir calidad, autenticidad y alma. Para mí, la miel cruda es más que un alimento, es un símbolo de independencia, porque elijo lo que me nutre y no lo que me venden, porque prefiero lo real a lo procesado, de disciplina, porque mantengo rituales que fortalecen cuerpo y mente, de conexión con la naturaleza, porque sé que la fuerza nace del orden interno.

La miel cruda me recuerda que lo esencial sigue ahí, esperando a que uno vuelva a mirarlo, que no hace falta complicarse para vivir bien, que la vida, igual que la miel, es más pura cuando no se calienta, no se filtra y no se manipula.

    


EL ÚNICO AZUCAR QUE ADMITE MI CUERPO.  LA MIEL CRUDA NO SOLO ENDULZA...

RECUERDA EL CAMINO DEL HOMBRE QUE SE BASTA A SÍ MISMO. 


Y ahora, en mi entrada número cien, con casi cincuenta mil visitas a día de hoy en mi blog, sigo creyendo en lo mismo, en la importancia de lo simple, de lo auténtico, de lo que permanece. La miel cruda es solo un ejemplo, pero resume una filosofía entera, una forma de estar en el mundo sin ruido, sin máscaras, sin añadidos innecesarios.

Si este texto hace que alguien vuelva a mirar al campo español, a los apicultores, a los productos locales o incluso a su propia disciplina interna, habrá cumplido su función. Yo seguiré con mi cucharada diaria, con mi entrenamiento silencioso, con mi mente clara, con mi camino propio, porque la miel cruda no solo alimenta, me recuerda quién soy.

Y para cerrar, una aclaración inevitable, consumo MIEL SEGURA. No por tendencia ni por etiqueta ni por aparentar nada, sino porque conozco su origen, porque sé el trabajo silencioso que hay detrás, porque encarna exactamente lo que defiendo, producto local, cosecha propia, miel cruda de verdad, sin atajos ni manipulaciones.

Cada vez que abro un tarro de MIEL SEGURA siento que apoyo algo más que un alimento, apoyo a quienes mantienen vivo el campo español, a quienes respetan el ritmo de las abejas, a quienes no sacrifican calidad por volumen, a quienes hacen las cosas de una manera que encaja con mi manera de estar en el mundo.

No necesito buscar fuera lo que ya funciona aquí, no necesito miel importada, mezclada o pasteurizada. Prefiero lo cercano, lo honesto, lo que conserva el pulso del panal. Por eso consumo MIEL SEGURA, porque es coherente con mi camino, con mi disciplina y con mi forma de entender la vida.

La miel cruda me recuerda quién soy. La MIEL SEGURA me recuerda de dónde vengo. Y con eso basta.

 

QUIEN RESPETA LA MIEL, RESPETA LO ESENCIAL... LO QUE NO SE MANIPULA, LO QUE PERMANECE.

 

 

 

 

sábado, 31 de enero de 2026

LAS CASUALIDADES

Se me ha ido la pinza. Y como las casualidades nunca vienen solas... Voy a rizar el rizo.

Hoy me siento a escribir sobre eso, las casualidades. No como quien observa un fenómeno aislado, sino como quien reconoce un patrón que se repite con la paciencia de un artesano.

Hay un hilo invisible que cose momentos, personas y lugares, y aunque a veces parece aleatorio, tiene una textura que me resulta familiar. Lo escribo en primera persona porque estas reflexiones no nacen de teorías, sino de mis propios cruces, de mis encuentros, de esas intersecciones que la vida coloca arbitrariamente.

Este viernes publiqué una foto con gente del gimnasio. Nada extraordinario. Una imagen más entre tantas. Pero una chica, Cristina, reconoció a uno de los que aparecía en la foto. Me escribió, recordando a ese hombre, me pidió que le diera recuerdos que ya he transmitido. Lo curioso es que esa misma chica es amiga de otra cuya madre conozco, y además mi compañera de trabajo también la conoce porque fueron al mismo colegio. ¿Casualidad? ¿Coincidencia? ¿O simplemente una parte del mapa que se revela cuando uno se detiene a mirar?

Y aquí quiero detenerme un momento. Porque más allá de los cruces, de los nombres que se repiten y de los círculos que se cierran, hay algo más sutil, la energía. Las personas somos vibración. No en un sentido místico, sino humano. Hay gente con la que, desde el primer instante, sientes afinidad, ligereza, claridad. Personas que te suman sin esfuerzo, que te ordenan sin pretenderlo, que te hacen sentir que estás en el lugar correcto. Y también existe lo contrario, presencias que pesan, que enturbian, que drenan. No porque sean malas personas, sino porque su energía no encaja con la tuya. A cierta edad uno ya no busca impresionar, ni agradar, ni encajar a la fuerza. Uno busca vibraciones limpias. Afinidades sinceras. Y Cristina, desde el primer momento, fue eso, una energía que fluía, sin pretensión, sin ruido, sin doble fondo. Y habiéndola visto solo una vez.

Mientras pensaba en todo esto, recordé algo que estoy leyendo en Sabia Mente. El libro comenta que cuando nos cruzamos con alguien en un lugar remoto no es casualidad, sino fruto de la enorme cantidad de personas que conocemos a lo largo de la vida. Una cuestión estadística, casi matemática. Y aunque respeto esa visión, yo sí creo en las casualidades. Creo en ese guiño del universo que no se explica solo con números. Creo en la chispa que se enciende cuando dos caminos se cruzan sin previo aviso.

Recordé entonces mi primer Camino de Santiago. Al llegar a la ciudad, cansado pero pleno, entré en un restaurante cualquiera. Me senté. En la mesa de al lado estaba una pareja que conocía de Alicante, de cuando trabajaba en el aeropuerto. ¿Qué probabilidad había de ese encuentro? ¿Cuántas veces la vida nos coloca frente a alguien que ya formaba parte de nuestra historia, aunque no lo supiéramos?

Hace poco conocí a alguien de mi misma edad, que ha vivido en la misma provincia, que frecuentaba los mismos sitios de fiesta cuando éramos adolescentes. Me pregunto cuántas veces nos habremos cruzado sin saberlo, hace treinta años, en una esquina, en una barra, en una canción compartida. Quizá la vida no nos presenta personas nuevas, sino que nos reencuentra con versiones que estaban esperando su momento.

Instagram también me ha dado pistas. A Cristina la conocí entrenando en el gimnasio Titán. Me llamó la atención cómo entrenaba, le mandé la invitación, y ella también me siguió. No había pretensión, solo afinidad. A mi edad, busco eso, una chispa genuina. Pero sé que la gente interpreta, imagina, proyecta. Cada uno ve lo que lleva dentro.

Lo importante es tener claro lo que uno hace y por qué lo hace. La intención es el único territorio que realmente controlamos. Mientras escribo este artículo, me llega otra casualidad, voy a relevar en el trabajo a una chica que fue al colegio con Cristina. Cambio de turno, cambio de puesto, y otra coincidencia que se suma a la cadena. Es como si la vida me estuviera diciendo, sigue hilando, que el tapiz aún no está completo.

Pero las casualidades no se limitan a encuentros visibles. También están esos momentos en los que piensas en alguien y, sin saber por qué, aparece. Como si la mente se adelantara al encuentro. A veces un nombre cruza tu cabeza sin motivo, y horas después te lo encuentras en la calle, en el gimnasio, en el supermercado. No es magia, pero tampoco es simple azar. Es una resonancia silenciosa, una corriente subterránea que conecta pensamientos y presencias.

Y luego están los sueños. Ese territorio donde aparecen personas que no conoces, pero que sientes familiares. Rostros que tu mente nunca ha visto conscientemente, pero que quizá captó fugazmente en una estación, en un aeropuerto, en una foto perdida. O tal vez son símbolos, arquetipos, fragmentos de ti mismo disfrazados de otros. Los sueños son un ensayo general de la vida, un espacio donde se mezclan memorias, intuiciones y posibilidades.

Cuando unes todo, los encuentros improbables, los pensamientos que se adelantan, los sueños que anticipan rostros, aparece una sensación, la vida no es una línea recta, sino un tapiz. Y cada hilo que parece suelto termina conectando con otro.

Los estoicos decían que el universo es una gran ciudad, y que todos somos ciudadanos de ella. Que nada ocurre fuera del orden natural, aunque nuestra mirada sea demasiado estrecha para comprenderlo. Tal vez las casualidades sean recordatorios de ese orden. Señales suaves, casi tímidas, de que no caminamos solos, de que hay un diseño que se despliega a su ritmo.

Y aquí entra otra capa, más inquietante y más fascinante, el multiverso. Las vidas paralelas. La idea de que existen infinitas versiones de nosotros mismos tomando decisiones distintas, cruzándose con personas que en este universo apenas rozamos. ¿Y si las casualidades fueran fugas entre mundos? ¿Y si ciertos encuentros fueran ecos de otras vidas donde esos vínculos ya existían?

A veces siento que hay momentos que vibran con una intensidad extraña, como si pertenecieran a más de una realidad. No puedo demostrarlo, pero tampoco puedo ignorarlo.

 


     

LAS CASUALIDADES SON MENSAJES DEL DESTINO...

PARA QUIEN SABE ESTAR ATENTO.

 

Es curioso, hay días en los que pienso que se me ha terminado la creatividad, que la inspiración se ha secado. Tengo dos artículos en mente que no consigo materializar. Y de repente, por una casualidad, por un cruce mínimo, por un comentario inesperado… Aparece la chispa. Y escribo sobre eso mismo, sobre las casualidades. Como si la inspiración también fuera un hilo que se activa cuando menos lo esperas.

En cuanto a mi libro… Lo tengo en mente, sí. Lo imagino, lo siento, lo dibujo mentalmente. Pero escribirlo es un proyecto a largo plazo, algo que quizá materialice algún día si la vida me da el espacio y la claridad. No tengo prisa. Los mapas importantes se trazan despacio.

Y entonces surge una pregunta inevitable, ¿por qué conocemos a ciertas personas en ciertos momentos de nuestra vida? Quizá porque estamos preparados. Quizá porque ellos lo están. O quizá porque hay encuentros que solo pueden ocurrir cuando uno ha vivido lo suficiente como para entenderlos.

Siempre recordaré aquella MINI PANDI del Departamento de Seguridad de Carrefour Petrel (año 2002). Todos ellos, siempre, serán mis hermanos de armas, por muchos años que pasen. Hay gente que deja huella, que aparece en el momento exacto para enseñarte algo, sostenerte, empujarte o simplemente acompañarte. Personas que forman parte de tu mapa vital aunque los caminos se separen después.

Quizá por eso escribo. Porque cada casualidad es una grieta por la que se cuela algo más grande que yo. Porque cada cruce inesperado me recuerda que mi vida no es una línea recta, sino un laberinto lleno de ecos, repeticiones y señales. Y porque, al final, todo lo que he vivido, lo que entiendo y lo que aún no, merece ser contado.

Si algún día lees mi libro, si llego a escribirlo, entenderás que no será una historia sobre mí, sino sobre todos. Porque todos caminamos entre hilos invisibles. Todos nos cruzamos con personas que ya estaban en nuestra historia antes de que lo supiéramos. Y todos, sin excepción, formamos parte de un mapa que solo se revela a quienes se atreven a observarlo.

Las casualidades no son accidentes, son llamadas. Llamadas a despertar, a mirar, a recordar que la vida no se vive hacia adelante, sino hacia adentro. Y que cada encuentro, cada uno, es una pieza del mapa que te está buscando a ti tanto como tú lo buscas a él.



MUNDO Y LOCURA SIEMPRE HAN BAILADO JUNTOS...

SOLO LOS QUE SE ATREVEN A SER DIFERENTES LO GOBIERNAN.

 

 

 



domingo, 18 de enero de 2026

IKIGAI

Artículo 98 del MÉTODO HACHE.

Hay algo curioso en escribir un blog como el mío: MÉTODO HACHE, escrito por un desconocido para desconocidos. Ese es su encanto. No hay marketing, no hay estrategia, no hay intención de gustar. Solo hay un hombre, YO intentando poner orden en su cabeza mientras el mundo sigue girando sin pedir permiso.

A veces pienso que mi blog es como una botella lanzada al mar, quien quiera leer, que lea, quien no, que siga nadando. No escribo para convencer a nadie. Escribo porque, si no lo hago, las ideas se me acumulan como tráfico en hora punta. Y ya he tenido suficiente estrés en mi vida como para añadir más atascos internos.

MÉTODO HACHE es un espacio íntimo, casi un diario personal, pero sin la cursilería del “querido diario”. Aquí no hay filtros, ni algoritmos, ni postureo intelectual. Hay ironía madura, reflexión sin victimismo, crudeza sin rencor. Hay cicatrices que ya no duelen, pero que enseñan. Y hay humor, ese humor seco que me salva más veces de las que admito. Escribo porque necesito respirar. Y porque, de alguna manera, escribir es mi forma de existir.


IKIGAI: la razón de ser… O de seguir buscando.

El concepto japonés del ikigai habla de la razón de vivir, ese motor interno que te hace levantarte cada mañana. Suena muy zen, muy espiritual, muy de libro de autoayuda… Pero no lo es. El ikigai no es una frase bonita para poner en Instagram. Es una búsqueda. Una excavación. Una conversación incómoda contigo mismo.

Y en mi caso, mi ikigai no es una meta fija. Es un movimiento. Una brújula que a veces apunta al norte, otras al oeste, y otras simplemente gira como loca porque yo también giro.

Esta semana, por ejemplo, me ofrecieron un cargo para volver a gestionar plantillas. Un ascenso, dicen. Más responsabilidad, más estatus, más “importancia”. Y lo rechacé. Esa noche no dormí, claro. La cabeza es así, te dice que no quieres volver a ese estrés, pero luego te mete la duda por debajo de la puerta.

Ya pasé por ese cargo. Ya sé lo que es vivir con ansiedad, sin tiempo, sin vida. Y ahora que he probado la paz, no pienso soltarla. Prefiero quedarme donde estoy, donde organizo mi vida, donde tengo espacio para pensar, escribir, caminar, respirar… Mi ikigai, al menos hoy, es mi paz.


La parada técnica que me cambió el rumbo.

En julio del año pasado (2025), tuve que hacer una parada técnica laboral. No fue voluntaria, pero fue necesaria. Y en ese tiempo, mientras caminaba cada día escuchando podcasts, algo dentro de mí se recolocó. No sé si fue el sol, el sudor o la soledad, pero empecé a ver la vida de otra manera.

Desde entonces escribo más. Me llegan ideas como si alguien hubiera abierto un grifo. Termino un artículo y ya tengo medio escrito el siguiente en la cabeza. Y sí, repito conceptos, normal. Las ideas que importan siempre vuelven. Son como las olas, insistentes, necesarias, inevitables.






LA VIDA SE ORDENA CUANDO ACEPTAS LO QUE NO CONTROLAS...
Y DISCIPLINAS LO QUE SÍ.


Las dos mitades de la vida.

Creo que la vida tiene dos partes:

- De los 0 a los 40: brillas.

- De los 40 a los 80: iluminas el camino de los demás.

Yo ya estoy en la segunda fase. Y MÉTODO HACHE es parte de esa luz. No para iluminar masas, no me interesa, sino para iluminar a quien tenga la valentía de leerme.


El tiempo vale más que el dinero.

Por suerte, mis necesidades básicas están cubiertas. Y eso me permite ver algo que muchos no ven, el tiempo es el verdadero lujo. El dinero compra cosas. El tiempo compra vida. Si esta semana cayera un meteorito y se acabara el mundo, ¿me pillaría haciendo lo que quiero hacer? A mí sí. Y eso, créeme, es una tranquilidad que no se paga con nóminas.

Soy inversor, y mi “hermano el especulador de bien” siempre me pregunta:

¿Estás dispuesto a perderlo todo?

Antes dudaba, ahora no. Para ganar algo grande, tienes que estar dispuesto a perderlo todo. No hablo solo de dinero. Hablo de vida, de decisiones, de caminos...


Volviendo al IKIGAI.

Sigo buscando mi ikigai. Y quizá esa búsqueda es, en sí misma, mi ikigai. Tener un propósito, aunque sea provisional, es lo que me hace levantarme cada mañana. Mientras lo encuentro, me sostengo con pequeñas motivaciones: escribir, caminar, entrenar, leer, pensar…

Hoy en día, por desgracia, hay muchas personas que se sienten sin rumbo. Y cuando falta un propósito, la vida se vuelve demasiado pesada. No es un tema menor. Tener un sentido, aunque sea pequeño, puede marcar la diferencia entre seguir adelante o perderse.


La muerte y lo que enseña.

No tengo miedo a la muerte. Cuando me toque, me tocará. Solo espero vivir más que mi hija gatuna, IRIS. Y si no fuera así, mi Compañera sabe que tiene la misión de darle la mejor vida posible. Confío en ella.


La muerte te cambia.

Yo vi irse a mi padre mientras le agarraba la mano. No hay despedida más digna. No hay experiencia que marque más. Desde entonces, la vida tiene otro peso, otro color, otra urgencia.


Mis escritos como anillos de un árbol.

Este es mi artículo 98. Desde el primero han pasado años, vivencias, golpes, alegrías, pérdidas, aprendizajes... Cada artículo es un anillo. Cada anillo, una etapa. Y yo, un árbol que sigue creciendo hacia arriba, pero también hacia dentro. ¿Quién sabe cuál es su propósito? Siempre fui inconformista. De joven tuve mis crisis existenciales. Ahora ya no, supongo que he madurado. O que he hecho las paces conmigo mismo. Me pueden ver como místico, raro, solitario, independiente… Pero ¿Quién decide qué es raro y qué es normal? ¿El rebaño? ¿La oveja negra? El tiempo dirá. Y si no dice nada, tampoco pasa nada. Yo vivo como quiero, dentro de lo permitido por esta sociedad.


Mi vida hoy.

Entreno por las mañanas. Por regla general trabajo por la tarde o por la noche (hay que cotizar). Leo cada día. Camino cuando los turnos me lo permiten, sigo escuchando podcasts para cultivar la mente mientras cultivo mi cuerpo. Una vida simple, ordenada, tranquila. Una vida que me sostiene.


Y si tuviera que describirme.

Supongo que soy un hombre sigma. No un alfa, no un beta. Un sigma: independiente, autosuficiente, ajeno a jerarquías sociales, caminando a mi ritmo, sin necesidad de liderar ni de seguir. Un hombre que no compite con nadie porque su única competencia es consigo mismo. Un hombre que observa más de lo que habla, que piensa más de lo que presume, que vive más de lo que muestra. Un hombre que no necesita validación externa porque su brújula está dentro. Un hombre que, sin querer destacar, acaba destacando por no quererlo. Un sigma no busca el centro del escenario, busca su centro. Y cuando lo encuentra, ilumina sin hacer ruido.


Mi ikigai, hoy.

Mi ikigai no es un destino, es un camino, escribir, pensar, caminar, cuidar de los míos... Vivir en paz. Y seguir buscando, porque en la búsqueda también hay vida. Si mañana descubro mi propósito definitivo, perfecto. Y si no, seguiré escribiendo. Porque mientras escribo, existo. Y mientras existo, avanzo. Este es mi artículo 98. Mi anillo número 98. Mi huella número 98. Y si has llegado hasta aquí, gracias por caminar conmigo.


QUIEN TIENE UN PORQUÉ PUEDE SOPORTAR CASI CUALQUIER CÓMO.





jueves, 15 de enero de 2026

TODO TIENE FECHA DE CADUCIDAD

Hay temas que uno evita sacar en una comida familiar, en una sobremesa con amigos o en una reunión de vecinos. Pero hoy me apetece abrir melón. Y no un melón cualquiera, el melón de las infidelidades. Ese que todos miran de reojo, como si no fuera con ellos, pero que en realidad atraviesa vidas, historias y silencios desde que el ser humano aprendió a caminar erguido… Y a mirar de reojo también.

A veces pienso que ni los pingüinos, esos supuestos campeones de la monogamia, se libran del asunto. Seguro que alguno, en mitad del hielo, ha mirado a otra pingüina con un “uy, qué plumas más brillantes”. Porque seamos sinceros, la fidelidad absoluta es un ideal precioso, pero la naturaleza humana (y animal) es más compleja que un cuento de Disney.

 

Por qué hay infidelidades.

La respuesta fácil sería decir que porque somos débiles. Pero no es tan simple. Las infidelidades existen porque nadie controla sus sentimientos al 100%, ni sus deseos, ni sus impulsos. Y porque la vida, a veces, se complica más de lo que uno quisiera.

Las nuevas tecnologías tampoco han ayudado. Antes, para ser infiel, había que currárselo, excusas, llamadas desde cabinas, cartas escondidas… Ahora basta con un mensaje, un emoji mal puesto o un “¿qué tal?” a las dos de la mañana.

La tentación cabe en un bolsillo. Pero no nos engañemos, infidelidades ha habido siempre y siempre las habrá. No por maldad, sino porque somos humanos. Y los humanos, aunque racionales, seguimos siendo animales. Algunos más racionales que otros, claro.

 

Mi parte del pastel.

A mí me han sido infiel. Y yo también lo fui hace muchos años. ¿Que si me arrepiento? Pues claro. Si pudiera volver atrás, evitaría ciertos errores. Pero la vida no trae botón de “rewind”. Lo único que podemos hacer es aprender, crecer y procurar no repetir lo que nos hizo daño a nosotros o a otros.

He cometido errores, sí. Y por eso, de vez en cuando, me cruzo con alguna mirada por la calle como si yo fuera el toro que mató a Manolete. Pero en una relación a tres, porque toda infidelidad es eso, una relación triangular, la responsabilidad nunca es de uno solo. Cada persona aporta su parte, su carencia, su impulso, su decisión.

 

Los perfectos existen… Pero son minoría.

Tengo unos vecinos que son el matrimonio perfecto. Buena gente, buenas personas, de esas parejas que te hacen pensar que el mundo todavía tiene arreglo. Si todos fuéramos como ellos, probablemente viviríamos en una sociedad más amable. Pero no todos somos así. Cada persona es un universo distinto, con sus luces, sus sombras y sus contradicciones.

Y en los tiempos que corren, donde todo es inmediato, desechable y sustituible, mantener una relación sólida es casi un acto heroico.

 

No juzgar: Un acto de humildad.

En el tema de las infidelidades, lo tengo claro, nadie debería juzgar a nadie. Ninguno somos ejemplo de nada. Y si dos personas están viviendo una aventura, adelante. Mientras ellos sean felices, ¿Qué más nos tiene que importar a los demás?

¿Que siempre hay una tercera persona que sufre? Sí. Pero seamos honestos, en una relación a tres, todos sufren, aunque sea de forma inconsciente. Nadie sale indemne del triángulo.

 

Mi presente: Cautela, soledad y propósito.

Ahora llevo tiempo solo. Y no lo digo con tristeza. Lo digo con serenidad. He aprendido a estar conmigo mismo, a ser buena persona hacia mí, a limpiar mi karma haciendo el bien siempre que puedo. No soy perfecto, ni pretendo serlo. Pero intento ser consciente de lo que hago, de lo que digo y de lo que permito.

Estoy abierto al amor, sí, pero ya no a cualquier precio. Me he vuelto cauto, desconfiado, solitario. No por miedo, sino por experiencia. Y mientras tanto, cultivo mi mente, mi espíritu y mi paz interior. Porque al final, todo tiene fecha de caducidad, incluso las heridas. Y cuando uno acepta eso, empieza a vivir con más calma, más verdad y más libertad.

     

 


NO PUEDES CONTROLAR LO QUE OTROS HACEN... PERO SÍ LO QUE TÚ PERMITES.



Me gustaría añadir que este año 2026 me he propuesto algo muy simple en teoría, pero tremendamente liberador en la práctica, darle a cada persona exactamente la misma importancia que esa persona me da a mí. Ni más, ni menos. No por rencor, sino por equilibrio. No por orgullo, sino por salud mental.

Y que nadie se confunda, no hablo de cortar lazos con quienes, por circunstancias de la vida, no están presentes a diario. Todos tenemos gente que, aunque no hablemos durante meses, sabemos que estaría ahí si un día el mundo se nos viniera encima. A esas personas se las lleva en el alma, no en la agenda.

Me refiero a los otros u otras. A los que aparecen cuando necesitan algo, cuando les conviene, cuando ven en ti una utilidad momentánea. A los que te buscan por interés, pero jamás por afecto. A esos, a esas, este año, les voy a dar exactamente lo que me dan, lo justo, lo proporcional, lo que corresponde.

No es venganza, es matemática emocional. Porque uno llega a una edad, y a una serenidad, en la que entiende que la energía es limitada, y que gastarla en quien no la valora es como regar un cactus con agua bendita, un desperdicio poético, pero un desperdicio al fin y al cabo.

Así que este 2026 lo afronto con una regla clara, quien sume, dentro, quien reste, fuera, y quien solo aparezca para pedir, que no espere milagros. Yo sigo siendo la misma persona, sigo intentando hacer el bien, sigo limpiando mi karma… Pero también he aprendido a no regalar mi paz a quien no sabe cuidarla.

Al final, la vida es demasiado corta para invertirla en quien solo te ve como un recurso. Y demasiado valiosa para no protegerla como lo que es, tu único patrimonio real.


Y quiero terminar con algo sencillo: 

El que esté libre de pecado… Que tire la primera piedra. Yo no la tiro. No guardo rencor, porque el rencor no es estoico, ni útil, ni práctico. Es una cadena, y yo hace tiempo que aprendí a caminar ligero. Cada uno carga con sus decisiones, con sus aciertos y con sus errores. Yo cargo con los míos, los acepto, los entiendo y sigo adelante. Sin piedras en los bolsillos, sin cuentas pendientes y sin permitir que el pasado me dicte el presente.

Y aun así, entre todo lo vivido, tengo algo claro, yo, personalmente, no perdonaría una infidelidad. No por orgullo ni por soberbia, sino porque mis principios y mi paz interior van primero. Pero también sé que cada persona tiene sus propios valores, sus límites y su manera de entender el amor. Y todos son respetables.

El rencor envejece el alma y distorsiona la memoria. Prefiero quedarme con lo aprendido, no con lo perdido. La vida ya pesa lo suficiente como para cargar además con piedras que no sirven para nada.

 

 QUIEN DOMINA SUS IMPULSOS... DOMINA SU DESTINO.









sábado, 10 de enero de 2026

IMPERIUM

SPQR: Por qué el Imperio Romano sigue siendo mi brújula histórica.

Siempre he sentido que la historia no se mide en cifras, batallas o fechas exactas, sino en la huella que deja en la forma en que vivimos, pensamos y nos organizamos. Quizá por eso, siendo una persona de letras, el Imperio Romano me ha fascinado desde que tengo memoria. No lo veo solo como un periodo remoto, sino como el único imperio que realmente consiguió trascender su tiempo y convertirse en una estructura mental que aún hoy habitamos, aunque no siempre seamos conscientes de ello.

Cuando pienso en Roma, pienso en una idea más que en un territorio. SPQR (Senatus Populusque Romanus), no era solo un lema político, era una declaración de identidad colectiva. Era la afirmación de que un pueblo podía construir algo más grande que sí mismo, algo que sobreviviera a sus propios errores, a sus guerras civiles, a sus emperadores caprichosos y a sus crisis internas. Roma fue, en esencia, la primera gran arquitectura de lo que hoy llamamos civilización occidental.


La herencia invisible que seguimos respirando.

A veces camino por cualquier ciudad moderna y me sorprendo al reconocer la sombra de Roma en cada esquina. No hace falta viajar a Italia para sentirla. Está en el derecho que regula nuestras vidas, en las lenguas que hablamos, en la forma en que concebimos la ciudadanía, en la idea misma de Europa como un espacio común. Incluso cuando discutimos sobre repúblicas, senados, constituciones o ciudadanía, estamos repitiendo conceptos que Roma moldeó hace más de dos mil años.

Y es que Roma no solo conquistó territorios, conquistó la imaginación del futuro. Su legado jurídico, por ejemplo, sigue siendo la columna vertebral de muchos sistemas legales actuales. Su lengua, el latín, es la raíz de la mía y de tantas otras. Su urbanismo, sus carreteras, su forma de organizar el poder, su visión del tiempo y de la historia… Todo eso sigue latiendo bajo la superficie del mundo moderno.


El Imperio que nunca terminó de caer.

Siempre me ha impresionado la paradoja de que un imperio que oficialmente cayó en el año 476 d.C. siga tan vivo en nuestra cultura. Roma no desapareció, se transformó. Se fragmentó, se reinterpretó, se reinventó en cada época. La Iglesia adoptó su estructura. Europa medieval heredó sus ruinas y su nostalgia. El Renacimiento la resucitó como modelo. Y hoy, incluso sin darnos cuenta, seguimos pensando como romanos cuando hablamos de leyes, de ciudadanía, de poder o de identidad.

Por eso, cuando digo que fue el único imperio de la historia, no lo digo por su tamaño o su duración, sino por su capacidad de convertirse en un arquetipo. Otros imperios dominaron, pero Roma enseñó. Otros imperios impusieron, pero Roma inspiró. Otros imperios desaparecieron, pero Roma se quedó.


SPQR: Una brújula para entendernos.

A veces me pregunto por qué sigo volviendo a Roma una y otra vez. Creo que es porque, en un mundo que cambia tan rápido, Roma me ofrece una especie de continuidad. Me recuerda que las sociedades pueden reinventarse sin perder su esencia, que la identidad es algo que se construye con tiempo, con errores, con ambición y con memoria.

SPQR no es solo un símbolo antiguo, es una invitación a pensar en lo colectivo, en lo que somos capaces de construir juntos. Es una forma de recordar que la historia no es un museo, sino un espejo. Y quizá por eso, siendo una persona de letras, encuentro en Roma no solo un imperio, sino una forma de entender el mundo. Una forma que, de algún modo, sigue viva en cada uno de nosotros.



EL DESTINO MARCA EL COMBATE... PERO MI DEBER MARCA MI PASO.


Volver al pasado: Roma, el Camino y la memoria viva del Imperio.

Hay ciudades que no se visitan, se atraviesan como si fueran un umbral. Eso me ocurrió en Roma. Caminar por sus calles fue como romper la frontera del tiempo y entrar en un pasado que, lejos de estar muerto, sigue respirando bajo cada piedra. Allí entendí que la historia no es un relato distante, sino una presencia que te acompaña mientras avanzas, como una sombra antigua que reconoce tu paso.

Esa misma sensación la viví en el Camino de Santiago, que he recorrido dos veces. Aunque muchos lo ven solo como una ruta espiritual o de aventura, para mí también es un hilo que conecta directamente con el Imperio Romano. Cada calzada, cada puente, cada tramo que aún conserva la huella de las legiones me recuerda que camino sobre un mapa trazado hace siglos, pensado para unir territorios, ideas y personas. En el Camino uno no solo avanza hacia Santiago, avanza hacia dentro, siguiendo una ruta que otros caminaron mucho antes.

Y luego está Lugo. Estar allí durante el Arde Lucus fue como ver cómo la historia se levanta de nuevo, orgullosa, para recordarnos quiénes fuimos y qué permanece. Las murallas romanas, intactas y firmes, rodeadas de gente celebrando su pasado, me hicieron sentir que el tiempo no es una línea recta, sino un círculo que vuelve siempre a sus orígenes.

Roma, el Camino, Lugo… Tres experiencias distintas que, sin embargo, me han enseñado lo mismo, que el pasado no está detrás, sino debajo de nuestros pies. Y que, cuando lo reconocemos, algo en nosotros también regresa a casa.



EL IMPERIO CAE CUANDO EL HOMBRE DEJA DE GOBERNARSE A SÍ MISMO.


Horatius Custos: Crónica de un Guardián en la Roma Eterna.

Por mí mismo:

Nací en una ciudad que nunca duerme, una Roma que respira a través de sus foros, sus mercados y sus sombras. Desde joven entendí que mi lugar no estaba en el ruido, sino en la vigilancia silenciosa. No soy senador, ni general, ni poeta laureado. Soy algo más simple y, a la vez, más necesario, un custodio del orden, un hombre que protege sin pedir reconocimiento. Mi nombre es Horatius, aunque algunos me llaman Custos, porque dicen que tengo la mirada de quien siempre está un paso por delante. No sé si es virtud o condena, pero es lo que soy.


Mi oficio: mantener la calma en un mundo que arde.

Cada amanecer comienza igual, el peso del equipo, el olor del cuero, el sonido metálico del cinturón al ajustarse. No necesito grandes discursos para recordar mi deber. Roma es vasta, impredecible, hermosa y peligrosa. Mi trabajo consiste en caminarla con atención, leer sus gestos, anticipar sus movimientos. No soy de los que levantan la voz ni de los que buscan gloria. Prefiero la autoridad tranquila, la que se sostiene en la presencia y en la coherencia. En ocasiones, basta una mirada para evitar un conflicto. En otras, basta con estar.


Mi filosofía: el centro que no se rompe.

He aprendido a vivir con una disciplina que algunos confunden con frialdad. No lo es. Es simplemente la forma que tengo de mantenerme entero en un mundo que exige demasiado. Los estoicos hablan de un centro interno, un círculo que nadie puede romper. Yo lo llevo conmigo, como si fuera un escudo invisible. A veces escribo mis pensamientos en tablillas de cera. Reflexiones breves, casi rituales, no para que otros las lean, sino para recordarme quién soy cuando el ruido del mundo intenta arrastrarme.


Iris, mi compañera silenciosa.

En mi domus me espera Iris, una pequeña felis que llegó a mí en una noche de lluvia. Los romanos dicen que los animales que eligen a un hombre traen fortuna. Yo no sé si es verdad, pero su presencia me acompaña en los días largos y en las noches en que el deber pesa más de lo habitual. Ella es mi recordatorio de que incluso en una vida de vigilancia hay espacio para la calma.


Mi símbolo: el fuego que avanza.

En mi escudo llevo grabado un caballo en llamas. No representa violencia, sino movimiento, intuición y fuerza contenida. Es mi forma de recordar que incluso cuando avanzo en silencio, avanzo con determinación.


La ciudad que protejo.

Roma es un organismo vivo. La conozco como conozco mis propias manos. Sus calles me hablan, el murmullo del mercado, el eco de los pasos en el foro, la tensión que se siente antes de que algo ocurra. Mi oficio no es solo ver, sino sentir. A veces, cuando la noche cae y la ciudad se vuelve más honesta, camino por el Tíber y pienso en lo que soy. No un héroe, no un mártir, solo un hombre que cumple con su deber y encuentra en ello una forma de paz.


LO QUE PERMANECE NO ES EL PODER...

SINO LA DISCIPLINA CON LA QUE SE CONSTRUYE.






martes, 6 de enero de 2026

REFLEXIÓN DE REYES

No soy un gran orador, eso ya lo tengo asumido. Si me das un micrófono, probablemente me bloquee, si me das un teclado, en cambio, me sale la inspiración como si me pagaran por palabra escrita. Así que, fiel a mi naturaleza, hoy vuelvo a escribir. Pero esta vez con un tono más ligero, porque reconozco que en mis últimos artículos he estado más intenso que la bolsa en plena crisis.

Últimamente he estado pensando en eso de invertir. No solo en acciones, sino en la vida. Porque al final, invertir es un acto de fe, pones algo tuyo, dinero, tiempo, energía, ilusión, en algo que no controlas del todo. Y sí, puede salir bien o puede salir mal. Igual que cuando decides confiar en alguien, empezar un proyecto nuevo o dar un paso que te da vértigo.

En mi caso, he apostado por una acción en la que siempre he creído. No voy a negar que cuando compré las dos primeras lo hice con esa mezcla de prudencia y miedo que tenemos todos cuando nos tiramos a la piscina sin saber si hay agua. Pero ahí apareció mi compañero, el especulador, para darme el empujón final. Yo puse la intención, él puso la gasolina. Y al final compré más.

¿Me puede salir bien? Claro. ¿Me puede salir mal? También. Pero así es la vida, si esperas garantías absolutas, te quedas quieto para siempre. Y quedarse quieto, sinceramente, es la peor inversión de todas. Lo de que somos especuladores de bien, es por el churrero, pero eso es otro tema. 

 

 
 

EL DESTINO GUÍA A QUIEN SE DEJA GUIAR... Y ARRASTRA A QUIEN SE RESISTE. 

 

A veces hay que dejarse llevar por las sensaciones. Por esa intuición que te dice “hazlo”, aunque la cabeza esté sacando la calculadora para ver si cuadra. Porque si solo viviéramos de cálculos, nunca haríamos nada que valga la pena. Ni compraríamos acciones, ni empezaríamos historias, ni nos lanzaríamos a lo desconocido.

Al final, invertir en la bolsa o en la vida es un recordatorio de que el que no arriesga no gana. Y que incluso cuando no ganas, aprendes. Y eso, aunque suene a frase de taza motivacional, también tiene su valor.

Así que aquí estoy, escribiendo, invirtiendo y agradeciendo. Agradeciendo a mi compañero el especulador por ese empujón que necesitaba, y agradeciéndome a mí mismo por atreverme. Porque si algo tengo claro es que prefiero equivocarme por moverme que acertar por quedarme quieto.





 
 
 
  

viernes, 2 de enero de 2026

2026: EL AÑO DE HACER LAS PACES CON MI PROPIA HISTORIA

El Año en el que decido no mentirme más.

Empiezo este 2026 con una verdad que me atraviesa, estoy cansado. No del mundo, sino del peso que he cargado durante años sin darme cuenta. Cansado de sostener silencios que no me pertenecían, de aguantar miradas que juzgaban sin conocer, de encajar en expectativas que nunca fueron mías. Este año no quiero renacer. Quiero algo más difícil, quiero ser honesto conmigo. Brutalmente honesto, aunque duela, aunque me deje sin aire, aunque me obligue a mirar partes de mí que siempre he preferido mantener en penumbra.


La lucidez que llega cuando uno deja de fingir.

Dicen que este año será bueno para Tauro, y que el año del Caballo trae impulso y claridad. Yo no sé si creer en eso, lo que sí sé es que he aprendido a desconfiar del sesgo social que nos empuja a sonreír, aunque estemos rotos, a aparentar fuerza, aunque estemos agotados, a decir “todo bien” cuando por dentro hay un incendio. Este año quiero romper con eso. Quiero dejar de maquillar mis heridas, quiero dejar de justificar lo injustificable, quiero dejar de cargar con culpas que no son mías, quiero mirarme sin el efecto halo que a veces me pongo encima para no enfrentar mis sombras, quiero verme completo, luz, oscuridad, cicatrices, contradicciones.


La soledad que no destruye, la soledad que salva.

Este 2026 quiero estar más solo. Y lo digo sin tristeza. Lo digo con la serenidad de quien ha entendido que la soledad no es un castigo, sino un refugio. Un lugar donde uno se escucha sin ruido, donde se limpia, donde se cura. A veces me siento misántropo, no porque odie a la gente, sino porque me he cansado de la falsedad, de las máscaras, de las intenciones ocultas. Me he cansado de dar más de lo que recibo. Me he cansado de esperar humanidad donde solo hay ego. Prefiero la soledad honesta a la compañía que desgasta. Prefiero un silencio que me respete a una voz que me mienta. Prefiero mi propia verdad, aunque duela, a cualquier afecto tibio.




LO QUE DEJO IR ME LIBERA... LO QUE ACEPTO ME FORTALECE.


La gente que permanece sin estar.

Aun así, hay personas que siguen siendo familia, aunque no hable con ellas cada día. No por sangre, sino por historia. Por haber compartido noches frías, turnos interminables, inicios duros, momentos que te marcan sin pedir permiso. Gente de mis primeros pasos en Seguridad. Compañeros que se convirtieron en pilares. Otros que aparecieron más tarde y dejaron huella sin hacer ruido. A ellos no hace falta verlos para saber que están. Son parte de mi estructura interna. Son la prueba de que no todo en la vida decepciona. Hay personas que no ves, pero sientes. Personas que no hablan, pero acompañan. Personas que no están, pero permanecen.


Cuerpo y mente: mis dos trincheras.

Este año quiero más deporte, no por estética, sino por respeto. Quiero estar fuerte físicamente y también psicológicamente. Porque la vida no avisa, y uno tiene que estar preparado para las tempestades que llegan sin permiso. Quiero cuidar mi cuerpo como quien cuida un templo. No por vanidad, sino porque sé lo que es perderse por dentro. Y sé lo que cuesta volver. También quiero protegerme de los psicópatas integrados que uno se encuentra por el camino. Personas que viven disfrazadas de normalidad, pero que llevan dentro un vacío que intentan contagiar. Este año no les doy espacio. No les doy entrada. No les doy ni un segundo de mi energía. Limpiar mi karma también es eso, aprender a cerrar puertas. Aprender a no cargar con lo que no es mío. Aprender a no salvar a quien no quiere salvarse.


La lucha que no se ve.

La lucha real no es contra el mundo, es contra uno mismo. Contra la pereza que te frena, contra el miedo que te paraliza, contra las dudas que te sabotean, contra las heridas que aún escuecen cuando nadie mira. Este año quiero ser más firme, más claro, más honesto conmigo. Quiero construir, avanzar, depurar. Quiero elegir lo que me suma y soltar lo que me resta. Quiero limpiar mi karma desde la acción, desde la coherencia, desde la responsabilidad. No esperando que el universo me premie, sino sabiendo que cada paso que doy con intención me acerca a la vida que quiero.


Un año para sentir, para sanar, para soltar.

No será un año perfecto. Ninguno lo es. Pero será un año verdadero. Un año de valentía silenciosa, un año de decisiones difíciles, un año de despedidas necesarias, un año de abrazos sinceros, un año de lágrimas que limpian y no destruyen, un año para hacer las paces con mi historia. Para honrar lo que fui, para cuidar lo que soy, para construir lo que quiero ser. Y, sobre todo, un año para vivir. Porque no sabemos si el año que viene estaremos aquí. No sabemos si seguirá existiendo el mundo tal y como lo conocemos. No sabemos qué nos espera, ni cuánto tiempo nos queda, ni cuántas oportunidades más tendremos para decir lo que sentimos, para abrazar lo que importa, para soltar lo que duele. Por eso vivo el presente. Porque es lo único que realmente tengo. Porque es lo único que puedo tocar. Porque es lo único que no me puede quitar nadie. Un año de Hache.


ACEPTO LO QUE VIENE, SUELTO LO QUE SE VA Y CAMINO SIN MIEDO...

PORQUE EL TIEMPO NO ESPERA.





sábado, 20 de diciembre de 2025

2025: EL AÑO QUE ME ENDURECÍ SIN PERDERME

Un año que me rompió, me recolocó y me enseñó a mirar distinto.

Aprovechando estos días que tengo de vacaciones, y las caminatas de la tarde que me sirven de refugio e inspiración, he decidido escribir un resumen general de lo que ha sido este 2025. No quiero centrarme en casos concretos, para eso ya tengo artículos específicos, sino en el hilo profundo que ha tejido este año. Un año que, fiel a su naturaleza, no se ha detenido por nadie.

He perdido a personas que apreciaba, y también se ha marchado alguno de mis cantantes favoritos, de esos que acompañaron etapas enteras de mi vida. La realidad, con su ritmo implacable, me ha recordado que la vida sigue avanzando sin pedir permiso, sin detenerse a contemplar nuestras ausencias ni nuestros duelos. Quizá por eso escribo, para ordenar lo vivido, para honrar lo que se fue y para reconocer que, incluso en medio de las pérdidas, sigo caminando. Porque la vida no espera, pero uno puede aprender a caminar a su propio paso.

2025 llega a su fin, y al mirarlo con calma siento lo mismo que cuando uno observa una cicatriz, no duele, pero enseña. Fue un año áspero, exigente, de esos que no explican la lección hasta que ya te han puesto de rodillas. Me dobló, sí, pero no me quebró. Me obligó a mirarme sin adornos, sin excusas, sin máscaras. A mis 47 años, siendo tauro, descubrí que la resiliencia no es un concepto, es una capa nueva de piel. Y también acepté algo que siempre estuvo ahí, silencioso, esperando a que yo lo reconociera, soy un organizador. Un estratega intuitivo, independiente, que piensa antes de actuar, que no se conforma, que no sigue normas vacías. Alguien que protege su centro porque sabe lo que cuesta reconstruirlo. Este año no me lo insinuó, me lo grabó a fuego.


Sombras que venían de lejos.

Desde 2024 arrastraba un cansancio que no se veía, pero que pesaba como una piedra mojada. En mi centro de trabajo hubo actitudes que desgastan más que cualquier turno interminable. Injusticias pequeñas, repetidas, silenciosas, que no te rompen de golpe, pero te vacían por dentro.

No todos mis responsables fueron iguales, siempre hay excepciones dignas, pero también hubo decisiones que me hirieron más de lo que yo estaba dispuesto a admitir. Y algo que he comprendido este año es que me duele más ver cómo tratan mal a personas que aprecio, que recibir yo mismo un mal gesto. A mí no me afecta lo que haga gente sin vocación, personas que han caído en este sector de rebote, responsables que incluso han logrado engañar a mi jefe. Pero cuando la injusticia cae sobre alguien que valoro, ahí sí me atraviesa.

El 28 de abril de 2025, recién cumplidos mis 47, tuve una reunión con mi empresa. Una empresa que siempre se ha portado bien conmigo y a la que sigo agradecido. Fue el día del apagón, como si el universo quisiera subrayar ese instante. Me ofrecieron un cambio de centro. Lo hicieron con buena intención, lo sé. Aunque el resultado no fuera el esperado, sigo creyendo que fue un gesto honesto. Pero el cambio fue a peor. Y mi cuerpo, que llevaba demasiado tiempo callando, habló. No susurró. Gritó. Fue un “basta”, un “hasta aquí”, un límite que no sabía que necesitaba.


Regresar distinto al mismo lugar.

Cuando volví a mi centro inicial, algo en mí ya no era el mismo. Una parte se había endurecido, pero otra se había vuelto más ligera, como si por fin hubiera soltado un peso que llevaba años cargando.

Ahora hago mi trabajo con dignidad y profesionalidad, pero sin cargar con lo que no me corresponde. Cumplo. Y cuando termina mi turno, termina mi turno. No me llevo nada a casa. No me llevo a nadie encima.

Sigo pensando que hubo injusticias, pero ya no me atraviesan. No puedo controlar la gestión del servicio, ni puedo hacer nada si algunos aparentan saber sin saber. No es mi guerra. No es mi carga. A veces tener formación frente a quien no la tiene es motivo para que te machaquen. Lo he vivido. Lo he sentido. Y escuchar que “no eres una persona de confianza” fue casi irónico. Pero también fue liberador. Porque cuando alguien te etiqueta sin fundamento, habla de su miedo, no de tu valor. Hoy el trabajo es lo que debe ser, mi sustento, nada más, nada menos.




ME QUISIERON ROMPER, PERO DESCUBRÍ QUE LO ÚNICO QUE SE QUEBRÓ...
FUE LO QUE YA NO NECESITABA.


La misantropía y las excepciones luminosas.

Este año, dentro de mi misantropía, esa distancia natural que mantengo con el mundo, me encontré con algo inesperado, personas estupendas. De esas que, si me hiciera una regresión, estoy seguro de que han vivido conmigo en otra vida, de forma cercana, íntima, familiar. Tres de esas personas, curiosamente, son del signo Escorpio. Casualidad o no, han sido un recordatorio de que incluso en un año duro, la vida coloca en tu camino almas que reconoces sin necesidad de explicación. Personas que no desgastan, que no exigen, que simplemente encajan.


El final del año: la paz como elección.

Así llego al final de 2025. Con una Nochevieja que pasaré solo en casa, pero no desde la tristeza, sino desde la calma. Como quien se sienta frente a un fuego interior que por fin arde sin hacer ruido. El 31 cenaré en pijama, con una buena cena, una copa de vino y las uvas esperando las campanadas. Y con mi hija gatuna IRIS, compañía suficiente, silenciosa y perfecta. Ella no habla, pero entiende. Y a veces, eso es más de lo que muchas personas ofrecen.

Uno de mis mejores amigos me ha invitado a cenar con ellos, y lo agradezco. Pero este año toca hogar. Toca silencio. Toca paz. Quizá salga de tardeo a tomar una cerveza si surge la ocasión con alguien agradable y de confianza. Pero solo si se presenta. Me he vuelto selectivo. Y eso también es madurez.


Lo que he visto en la vida.

Este año, entre golpes y revelaciones, confirmé algo que ya intuía, la vida no es lo que parece. La gente no es lo que aparenta. Y las historias nunca son tan simples como las contamos.

He visto infieles enamorarse de verdad y personas buenas terminar engañando a su pareja. He visto mujeres que enseñan todo y son decentes, y mujeres tapadas y recatadas que se acuestan con cualquiera. He visto a la más hermosa llorando por el más feo, y al más mujeriego rogándole a la más fácil. He visto gente que no habla de religión amando a Dios, y gente que te habla de Dios siendo una porquería. He visto a alguien sin futuro llegar lejos, y a personas preparadas fracasar. He visto a millonarios envidiar al más pobre. He visto al malo levantarse y cambiar su vida, y a personas cansadas de ser buenas haciendo daño. He visto al más valiente tragarse la rabia y llorar de impotencia. Y también vi al más pequeño levantarse y enfrentar al más grande. En mi vida he visto muchas cosas. Y si algo tengo claro es esto... no todo es lo que parece.


Mi conclusión.

2025 no fue un año fácil. Fue un año verdadero. Un año que me obligó a parar, a mirarme, a reconstruirme. Un año que me enseñó que la dignidad no se negocia. Que la paz es un tesoro. Que la soledad elegida no es vacío, es libertad.

Cierro este año con serenidad, con firmeza y con la certeza de que lo que venga dependerá, sobre todo, de cómo decida vivirlo. Y yo decido vivir en paz. Como lo haría un organizador, con estrategia, con intuición, con independencia. Sin ruido. Sin máscaras. Sin miedo.


Guiño final al 2026.

Y ahora, mientras 2026 se acerca, no me engaño, el futuro es incierto. En estos tiempos, más que nunca, uno sabe que mañana puede caer un meteorito y terminar la existencia sin previo aviso. La vida no promete nada, no asegura nada. Pero el tiempo que me quede, sea un año, una década o un instante, pienso vivirlo con la misma mezcla de lucha y gratitud. Lucharé por lo que merece la pena. Agradeceré lo que la vida me dé, incluso cuando venga disfrazada de prueba.

Escribo porque me sienta bien. Porque ordenar mis palabras es ordenar mi alma. Y cuando lo hago público, no es por exhibición, es por si allá afuera hay alguien perdido, alguien que necesita una frase, una idea, un reflejo que le recuerde que no está solo. Si mis textos ayudan aunque sea a una sola persona, ya habré cumplido un buen cometido. Al final, todo gesto bueno suma. Todo acto consciente limpia un poco mi karma. Quizá así me gane un pase hacia otra vida, otra dimensión, otro universo. No sé si existe algo más allá, pero si existe, quiero llegar allí habiendo sido fiel a mí mismo.


LO QUE RESISTE... PERMANECE.







miércoles, 17 de diciembre de 2025

AGRADECER O LUCHAR

Mi reflexión personal:

El otro día, en una de esas tertulias mañaneras que surgen entre serie y serie en el gimnasio, Raquel me dijo que en la vida lo más importante es agradecer. Yo, sin embargo, respondí que lo esencial es luchar. Desde entonces me quedé pensando en esa conversación, porque en realidad ambas ideas tienen un peso enorme en mi manera de ver la vida.


Cuando agradezco: Me doy cuenta de que agradecer me conecta con lo que ya tengo. Agradezco mi salud, que me permite entrenar y seguir adelante. Agradezco las personas que me rodean, esas charlas espontáneas que hacen más ligero el esfuerzo. Agradezco las oportunidades que se presentan, incluso cuando no son perfectas. Cuando agradezco, siento paz. Es como si el mundo se detuviera un instante para recordarme que, pese a las dificultades, siempre hay motivos para valorar lo que está aquí y ahora.





EN LA CONVERSACIÓN SERENA SE TEMPLA EL CARÁCTER...

ESCUCHA CON CALMA, HABLA CON MEDIDA, Y AGRADECE LA COMPAÑÍA.


Cuando lucho: Sé que sin lucha no hay avance. Lucho cada vez que me pongo un reto, ya sea en el gimnasio o en la vida. Lucho cuando me enfrento a obstáculos que parecen más grandes que yo. Lucho porque quiero crecer, porque no me conformo con lo que ya está dado. La lucha me da propósito. Me recuerda que no todo llega por sí solo, que hay que empujar, insistir y resistir para alcanzar lo que deseo.





ACEPTA LA BATALLA COMO ESCUELA DEL ALMA, Y AGRADECE CADA HERIDA...

PUES TE ENSEÑA A VIVIR CON SABIDURÍA.


El equilibrio que busco: Lo curioso es que, cuanto más pienso en ello, más claro lo veo, agradecer y luchar no son opuestos, son complementarios. Si solo agradezco, corro el riesgo de quedarme quieto, de aceptar demasiado. Si solo lucho, puedo caer en la insatisfacción constante, en la sensación de que nunca nada es suficiente. Por eso intento vivir en equilibrio, agradecer lo que tengo mientras lucho por lo que quiero. Es como respirar, inhalo gratitud, exhalo esfuerzo.


Mi metáfora del gimnasio: En el gimnasio lo veo claro. Cada repetición es una lucha, el peso, la fatiga, la técnica. Pero cada pausa es gratitud, por el cuerpo que responde, por la disciplina que me mantiene ahí, por la compañía de quienes comparten el mismo camino. La lucha está en cada serie. La gratitud está en cada descanso.


Mi conclusión: Hoy creo que Raquel tenía razón, y yo también. La vida no es solo agradecer ni solo luchar. Es un tejido en el que ambos hilos se entrelazan. Agradecer me da serenidad, luchar me da dirección. Uno me recuerda lo que ya soy, el otro lo que puedo llegar a ser.


AL FINAL, MI CAMINO ES ESTE, AGRADECER MIENTRAS LUCHO, LUCHAR MIENTRAS AGRADEZCO...

PORQUE SOLO ASÍ SIENTO QUE VIVO CON PLENITUD.





domingo, 9 de noviembre de 2025

A LA SOMBRA DE LA ETERNIDAD

Hace tiempo que quiero escribir esto, y los últimos acontecimientos lo han precipitado. No por impulso, sino por necesidad. Porque hay cosas que, si no se dicen, se enquistan. Y hay dolores que, si no se nombran, se vuelven más pesados. Este texto no es una despedida, ni una elegía. Es un acto de respeto. Un intento de poner en palabras lo que el corazón ha ido acumulando en silencio.

En los últimos años, la vida ha ido retirando presencias. Sin aviso. Sin pausa. Como si alguien estuviera apagando luces en una casa que antes estaba llena. Compañeros del colegio, amigas, amigos, compañeros de trabajo. Personas con las que compartí mañanas, tardes, noches, navidades, pascuas. Turnos largos, silencios compartidos, cafés a deshoras, confidencias entre rondas. Se han ido. Algunos demasiado pronto. Otros sin que pudiera decirles adiós.

El 9 de julio de 2024 también se fue mi padre. Tenía 70 años. Y aunque nuestra relación no fue cercana, su ausencia se siente. Hay veces que, cuando vuelvo a Villena, mi ciudad, aún creo que lo voy a ver por la calle. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si la memoria jugara a esconder la realidad por un instante. Y en ese instante, el corazón se encoge.

No ha sido una sola pérdida. Han sido muchas. Y cada una ha dejado su huella. No siempre profunda, pero sí persistente. Como esas marcas que deja el tiempo en la madera: discretas, pero imborrables.

No tengo hermanos. Pero eso no significa que haya estado solo. Mi vida se ha tejido con vínculos que, aunque no eran de sangre, eran reales. Y cuando esos hilos se rompen, el tejido se resiente. Se vuelve más frágil. Más frío.

 


CUANDO MUERAS, TODO LO QUE NO HICISTE POR MIEDO...

HABRÁ MUERTO CONTIGO.


He visto cómo el dolor se instala en los gestos de quienes quedan. En las miradas que buscan a alguien que ya no está. En los silencios incómodos que antes eran risas. He sentido la ausencia en los lugares compartidos, en las canciones que ahora duelen, en las fechas que ya no se celebran.

Pero no hay espacio para el lamento. No porque no duela, sino porque el lamento no construye. El dolor, cuando se acepta, se transforma. Se vuelve memoria. Se vuelve respeto. Se vuelve una forma de amor que no necesita presencia para existir.

La vida sigue. No porque queramos, sino porque no se detiene. Y nosotros seguimos con ella. Con menos compañía, sí. Pero con más verdad. Porque cada pérdida nos recuerda que esto es finito. Que no hay garantías. Que cada día puede ser el último. Y que, por eso mismo, cada día importa.

No sabemos cuándo nos tocará. Nadie lo sabe. Pero sí sabemos que llegará. Y está bien que así sea. Porque esa certeza nos obliga a vivir con más intensidad. A decir lo que sentimos. A abrazar sin prisa. A mirar con gratitud.

Recordar a quienes se han ido no es vivir en el pasado. Es vivir con más conciencia. Es honrar lo compartido. Es aceptar que el amor no muere, solo cambia de forma.

A veces me sorprendo hablando con ellos en mi mente. Contándoles cosas. Pidiéndoles consejo. No espero respuesta. Pero en ese acto íntimo hay consuelo. Como si al nombrarlos, los trajera de vuelta por un instante.

A todos nos llegará la hora. Y cuando llegue, quiero haber vivido con la entereza que exige esta vida. Con la serenidad de quien sabe que lo vivido no se pierde nunca. Que lo importante no es cuánto tiempo estuvimos, sino cómo lo compartimos.

Hasta pronto, Compañero, Compañeros. Nos volveremos a ver algún día. No sé dónde, no sé cuándo. Pero sé que cuando llegue, los reconoceré. Y volveremos a hablar como antes. Como siempre.

Mientras tanto, sigo. Con vuestra memoria en mi pecho. Con vuestra fuerza en mi espalda. Con vuestro amor en mi camino.

GRACIAS POR TODO... GRACIAS POR TANTO.