No soy un gran orador, eso ya lo tengo asumido. Si me das un micrófono, probablemente me bloquee, si me das un teclado, en cambio, me sale la inspiración como si me pagaran por palabra escrita. Así que, fiel a mi naturaleza, hoy vuelvo a escribir. Pero esta vez con un tono más ligero, porque reconozco que en mis últimos artículos he estado más intenso que la bolsa en plena crisis.
Últimamente he estado pensando en eso de invertir. No solo en acciones, sino en la vida. Porque al final, invertir es un acto de fe, pones algo tuyo, dinero, tiempo, energía, ilusión, en algo que no controlas del todo. Y sí, puede salir bien o puede salir mal. Igual que cuando decides confiar en alguien, empezar un proyecto nuevo o dar un paso que te da vértigo.
En mi caso, he apostado por una acción en la que siempre he creído. No voy a negar que cuando compré las dos primeras lo hice con esa mezcla de prudencia y miedo que tenemos todos cuando nos tiramos a la piscina sin saber si hay agua. Pero ahí apareció mi compañero, el especulador, para darme el empujón final. Yo puse la intención, él puso la gasolina. Y al final compré más.
¿Me puede salir bien? Claro. ¿Me puede salir mal? También. Pero así es la vida, si esperas garantías absolutas, te quedas quieto para siempre. Y quedarse quieto, sinceramente, es la peor inversión de todas. Lo de que somos especuladores de bien, es por el churrero, pero eso es otro tema.
EL DESTINO GUÍA A QUIEN SE DEJA GUIAR... Y ARRASTRA A QUIEN SE RESISTE.
A veces hay que dejarse llevar por las sensaciones. Por esa intuición que te dice “hazlo”, aunque la cabeza esté sacando la calculadora para ver si cuadra. Porque si solo viviéramos de cálculos, nunca haríamos nada que valga la pena. Ni compraríamos acciones, ni empezaríamos historias, ni nos lanzaríamos a lo desconocido.
Al final, invertir en la bolsa o en la vida es un recordatorio de que el que no arriesga no gana. Y que incluso cuando no ganas, aprendes. Y eso, aunque suene a frase de taza motivacional, también tiene su valor.
Así que aquí estoy, escribiendo, invirtiendo y agradeciendo. Agradeciendo a mi compañero el especulador por ese empujón que necesitaba, y agradeciéndome a mí mismo por atreverme. Porque si algo tengo claro es que prefiero equivocarme por moverme que acertar por quedarme quieto.


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