Se me ha ido la pinza. Y como las casualidades nunca vienen solas... Voy a rizar el rizo.
Hoy me siento a escribir sobre eso, las casualidades. No como quien observa un fenómeno aislado, sino como quien reconoce un patrón que se repite con la paciencia de un artesano.
Hay un hilo invisible que cose momentos, personas y lugares, y aunque a veces parece aleatorio, tiene una textura que me resulta familiar. Lo escribo en primera persona porque estas reflexiones no nacen de teorías, sino de mis propios cruces, de mis encuentros, de esas intersecciones que la vida coloca arbitrariamente.
Este viernes publiqué una foto con gente del gimnasio. Nada extraordinario. Una imagen más entre tantas. Pero una chica, Cristina, reconoció a uno de los que aparecía en la foto. Me escribió, recordando a ese hombre, me pidió que le diera recuerdos que ya he transmitido. Lo curioso es que esa misma chica es amiga de otra cuya madre conozco, y además mi compañera de trabajo también la conoce porque fueron al mismo colegio. ¿Casualidad? ¿Coincidencia? ¿O simplemente una parte del mapa que se revela cuando uno se detiene a mirar?
Y aquí quiero detenerme un momento. Porque más allá de los cruces, de los nombres que se repiten y de los círculos que se cierran, hay algo más sutil, la energía. Las personas somos vibración. No en un sentido místico, sino humano. Hay gente con la que, desde el primer instante, sientes afinidad, ligereza, claridad. Personas que te suman sin esfuerzo, que te ordenan sin pretenderlo, que te hacen sentir que estás en el lugar correcto. Y también existe lo contrario, presencias que pesan, que enturbian, que drenan. No porque sean malas personas, sino porque su energía no encaja con la tuya. A cierta edad uno ya no busca impresionar, ni agradar, ni encajar a la fuerza. Uno busca vibraciones limpias. Afinidades sinceras. Y Cristina, desde el primer momento, fue eso, una energía que fluía, sin pretensión, sin ruido, sin doble fondo. Y habiéndola visto solo una vez.
Mientras pensaba en todo esto, recordé algo que estoy leyendo en Sabia Mente. El libro comenta que cuando nos cruzamos con alguien en un lugar remoto no es casualidad, sino fruto de la enorme cantidad de personas que conocemos a lo largo de la vida. Una cuestión estadística, casi matemática. Y aunque respeto esa visión, yo sí creo en las casualidades. Creo en ese guiño del universo que no se explica solo con números. Creo en la chispa que se enciende cuando dos caminos se cruzan sin previo aviso.
Recordé entonces mi primer Camino de Santiago. Al llegar a la ciudad, cansado pero pleno, entré en un restaurante cualquiera. Me senté. En la mesa de al lado estaba una pareja que conocía de Alicante, de cuando trabajaba en el aeropuerto. ¿Qué probabilidad había de ese encuentro? ¿Cuántas veces la vida nos coloca frente a alguien que ya formaba parte de nuestra historia, aunque no lo supiéramos?
Hace poco conocí a alguien de mi misma edad, que ha vivido en la misma provincia, que frecuentaba los mismos sitios de fiesta cuando éramos adolescentes. Me pregunto cuántas veces nos habremos cruzado sin saberlo, hace treinta años, en una esquina, en una barra, en una canción compartida. Quizá la vida no nos presenta personas nuevas, sino que nos reencuentra con versiones que estaban esperando su momento.
Instagram también me ha dado pistas. A Cristina la conocí entrenando en el gimnasio Titán. Me llamó la atención cómo entrenaba, le mandé la invitación, y ella también me siguió. No había pretensión, solo afinidad. A mi edad, busco eso, una chispa genuina. Pero sé que la gente interpreta, imagina, proyecta. Cada uno ve lo que lleva dentro.
Lo importante es tener claro lo que uno hace y por qué lo hace. La intención es el único territorio que realmente controlamos. Mientras escribo este artículo, me llega otra casualidad, voy a relevar en el trabajo a una chica que fue al colegio con Cristina. Cambio de turno, cambio de puesto, y otra coincidencia que se suma a la cadena. Es como si la vida me estuviera diciendo, sigue hilando, que el tapiz aún no está completo.
Pero las casualidades no se limitan a encuentros visibles. También están esos momentos en los que piensas en alguien y, sin saber por qué, aparece. Como si la mente se adelantara al encuentro. A veces un nombre cruza tu cabeza sin motivo, y horas después te lo encuentras en la calle, en el gimnasio, en el supermercado. No es magia, pero tampoco es simple azar. Es una resonancia silenciosa, una corriente subterránea que conecta pensamientos y presencias.
Y luego están los sueños. Ese territorio donde aparecen personas que no conoces, pero que sientes familiares. Rostros que tu mente nunca ha visto conscientemente, pero que quizá captó fugazmente en una estación, en un aeropuerto, en una foto perdida. O tal vez son símbolos, arquetipos, fragmentos de ti mismo disfrazados de otros. Los sueños son un ensayo general de la vida, un espacio donde se mezclan memorias, intuiciones y posibilidades.
Cuando unes todo, los encuentros improbables, los pensamientos que se adelantan, los sueños que anticipan rostros, aparece una sensación, la vida no es una línea recta, sino un tapiz. Y cada hilo que parece suelto termina conectando con otro.
Los estoicos decían que el universo es una gran ciudad, y que todos somos ciudadanos de ella. Que nada ocurre fuera del orden natural, aunque nuestra mirada sea demasiado estrecha para comprenderlo. Tal vez las casualidades sean recordatorios de ese orden. Señales suaves, casi tímidas, de que no caminamos solos, de que hay un diseño que se despliega a su ritmo.
Y aquí entra otra capa, más inquietante y más fascinante, el multiverso. Las vidas paralelas. La idea de que existen infinitas versiones de nosotros mismos tomando decisiones distintas, cruzándose con personas que en este universo apenas rozamos. ¿Y si las casualidades fueran fugas entre mundos? ¿Y si ciertos encuentros fueran ecos de otras vidas donde esos vínculos ya existían?
A veces siento que hay momentos que vibran con una intensidad extraña, como si pertenecieran a más de una realidad. No puedo demostrarlo, pero tampoco puedo ignorarlo.
LAS CASUALIDADES SON MENSAJES DEL DESTINO...
PARA QUIEN SABE ESTAR ATENTO.
Es curioso, hay días en los que pienso que se me ha terminado la creatividad, que la inspiración se ha secado. Tengo dos artículos en mente que no consigo materializar. Y de repente, por una casualidad, por un cruce mínimo, por un comentario inesperado… Aparece la chispa. Y escribo sobre eso mismo, sobre las casualidades. Como si la inspiración también fuera un hilo que se activa cuando menos lo esperas.
En cuanto a mi libro… Lo tengo en mente, sí. Lo imagino, lo siento, lo dibujo mentalmente. Pero escribirlo es un proyecto a largo plazo, algo que quizá materialice algún día si la vida me da el espacio y la claridad. No tengo prisa. Los mapas importantes se trazan despacio.
Y entonces surge una pregunta inevitable, ¿por qué conocemos a ciertas personas en ciertos momentos de nuestra vida? Quizá porque estamos preparados. Quizá porque ellos lo están. O quizá porque hay encuentros que solo pueden ocurrir cuando uno ha vivido lo suficiente como para entenderlos.
Siempre recordaré aquella MINI PANDI del Departamento de Seguridad de Carrefour Petrel (año 2002). Todos ellos, siempre, serán mis hermanos de armas, por muchos años que pasen. Hay gente que deja huella, que aparece en el momento exacto para enseñarte algo, sostenerte, empujarte o simplemente acompañarte. Personas que forman parte de tu mapa vital aunque los caminos se separen después.
Quizá por eso escribo. Porque cada casualidad es una grieta por la que se cuela algo más grande que yo. Porque cada cruce inesperado me recuerda que mi vida no es una línea recta, sino un laberinto lleno de ecos, repeticiones y señales. Y porque, al final, todo lo que he vivido, lo que entiendo y lo que aún no, merece ser contado.
Si algún día lees mi libro, si llego a escribirlo, entenderás que no será una historia sobre mí, sino sobre todos. Porque todos caminamos entre hilos invisibles. Todos nos cruzamos con personas que ya estaban en nuestra historia antes de que lo supiéramos. Y todos, sin excepción, formamos parte de un mapa que solo se revela a quienes se atreven a observarlo.
Las casualidades no son accidentes, son llamadas. Llamadas a despertar, a mirar, a recordar que la vida no se vive hacia adelante, sino hacia adentro. Y que cada encuentro, cada uno, es una pieza del mapa que te está buscando a ti tanto como tú lo buscas a él.
MUNDO Y LOCURA SIEMPRE HAN BAILADO JUNTOS...
SOLO LOS QUE SE ATREVEN A SER DIFERENTES LO GOBIERNAN.


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