🄴🄽 🄻🄰 🄼🄴🄽🅃🄴 🄳🄴 🅄🄽 🄶🅄🄴🅁🅁🄴🅁🄾 🄽🄾 🄲🄰🄱🄴 🄻🄰 🄳🄴🅁🅁🄾🅃🄰

Datos personales

Mi foto
Detrás de cada persona se esconde una historia real. ¿Quieres saber más acerca de quién soy y de cómo le di vida a mi proyecto? Déjame mostrarte un recorrido para nada convencional.

sábado, 20 de diciembre de 2025

2025: EL AÑO QUE ME ENDURECÍ SIN PERDERME

Un año que me rompió, me recolocó y me enseñó a mirar distinto.

Aprovechando estos días que tengo de vacaciones, y las caminatas de la tarde que me sirven de refugio e inspiración, he decidido escribir un resumen general de lo que ha sido este 2025. No quiero centrarme en casos concretos, para eso ya tengo artículos específicos, sino en el hilo profundo que ha tejido este año. Un año que, fiel a su naturaleza, no se ha detenido por nadie.

He perdido a personas que apreciaba, y también se ha marchado alguno de mis cantantes favoritos, de esos que acompañaron etapas enteras de mi vida. La realidad, con su ritmo implacable, me ha recordado que la vida sigue avanzando sin pedir permiso, sin detenerse a contemplar nuestras ausencias ni nuestros duelos. Quizá por eso escribo, para ordenar lo vivido, para honrar lo que se fue y para reconocer que, incluso en medio de las pérdidas, sigo caminando. Porque la vida no espera, pero uno puede aprender a caminar a su propio paso.

2025 llega a su fin, y al mirarlo con calma siento lo mismo que cuando uno observa una cicatriz, no duele, pero enseña. Fue un año áspero, exigente, de esos que no explican la lección hasta que ya te han puesto de rodillas. Me dobló, sí, pero no me quebró. Me obligó a mirarme sin adornos, sin excusas, sin máscaras. A mis 47 años, siendo tauro, descubrí que la resiliencia no es un concepto, es una capa nueva de piel. Y también acepté algo que siempre estuvo ahí, silencioso, esperando a que yo lo reconociera, soy un organizador. Un estratega intuitivo, independiente, que piensa antes de actuar, que no se conforma, que no sigue normas vacías. Alguien que protege su centro porque sabe lo que cuesta reconstruirlo. Este año no me lo insinuó, me lo grabó a fuego.


Sombras que venían de lejos.

Desde 2024 arrastraba un cansancio que no se veía, pero que pesaba como una piedra mojada. En mi centro de trabajo hubo actitudes que desgastan más que cualquier turno interminable. Injusticias pequeñas, repetidas, silenciosas, que no te rompen de golpe, pero te vacían por dentro.

No todos mis responsables fueron iguales, siempre hay excepciones dignas, pero también hubo decisiones que me hirieron más de lo que yo estaba dispuesto a admitir. Y algo que he comprendido este año es que me duele más ver cómo tratan mal a personas que aprecio, que recibir yo mismo un mal gesto. A mí no me afecta lo que haga gente sin vocación, personas que han caído en este sector de rebote, responsables que incluso han logrado engañar a mi jefe. Pero cuando la injusticia cae sobre alguien que valoro, ahí sí me atraviesa.

El 28 de abril de 2025, recién cumplidos mis 47, tuve una reunión con mi empresa. Una empresa que siempre se ha portado bien conmigo y a la que sigo agradecido. Fue el día del apagón, como si el universo quisiera subrayar ese instante. Me ofrecieron un cambio de centro. Lo hicieron con buena intención, lo sé. Aunque el resultado no fuera el esperado, sigo creyendo que fue un gesto honesto. Pero el cambio fue a peor. Y mi cuerpo, que llevaba demasiado tiempo callando, habló. No susurró. Gritó. Fue un “basta”, un “hasta aquí”, un límite que no sabía que necesitaba.


Regresar distinto al mismo lugar.

Cuando volví a mi centro inicial, algo en mí ya no era el mismo. Una parte se había endurecido, pero otra se había vuelto más ligera, como si por fin hubiera soltado un peso que llevaba años cargando.

Ahora hago mi trabajo con dignidad y profesionalidad, pero sin cargar con lo que no me corresponde. Cumplo. Y cuando termina mi turno, termina mi turno. No me llevo nada a casa. No me llevo a nadie encima.

Sigo pensando que hubo injusticias, pero ya no me atraviesan. No puedo controlar la gestión del servicio, ni puedo hacer nada si algunos aparentan saber sin saber. No es mi guerra. No es mi carga. A veces tener formación frente a quien no la tiene es motivo para que te machaquen. Lo he vivido. Lo he sentido. Y escuchar que “no eres una persona de confianza” fue casi irónico. Pero también fue liberador. Porque cuando alguien te etiqueta sin fundamento, habla de su miedo, no de tu valor. Hoy el trabajo es lo que debe ser, mi sustento, nada más, nada menos.




ME QUISIERON ROMPER, PERO DESCUBRÍ QUE LO ÚNICO QUE SE QUEBRÓ...
FUE LO QUE YA NO NECESITABA.


La misantropía y las excepciones luminosas.

Este año, dentro de mi misantropía, esa distancia natural que mantengo con el mundo, me encontré con algo inesperado, personas estupendas. De esas que, si me hiciera una regresión, estoy seguro de que han vivido conmigo en otra vida, de forma cercana, íntima, familiar. Tres de esas personas, curiosamente, son del signo Escorpio. Casualidad o no, han sido un recordatorio de que incluso en un año duro, la vida coloca en tu camino almas que reconoces sin necesidad de explicación. Personas que no desgastan, que no exigen, que simplemente encajan.


El final del año: la paz como elección.

Así llego al final de 2025. Con una Nochevieja que pasaré solo en casa, pero no desde la tristeza, sino desde la calma. Como quien se sienta frente a un fuego interior que por fin arde sin hacer ruido. El 31 cenaré en pijama, con una buena cena, una copa de vino y las uvas esperando las campanadas. Y con mi hija gatuna IRIS, compañía suficiente, silenciosa y perfecta. Ella no habla, pero entiende. Y a veces, eso es más de lo que muchas personas ofrecen.

Uno de mis mejores amigos me ha invitado a cenar con ellos, y lo agradezco. Pero este año toca hogar. Toca silencio. Toca paz. Quizá salga de tardeo a tomar una cerveza si surge la ocasión con alguien agradable y de confianza. Pero solo si se presenta. Me he vuelto selectivo. Y eso también es madurez.


Lo que he visto en la vida.

Este año, entre golpes y revelaciones, confirmé algo que ya intuía, la vida no es lo que parece. La gente no es lo que aparenta. Y las historias nunca son tan simples como las contamos.

He visto infieles enamorarse de verdad y personas buenas terminar engañando a su pareja. He visto mujeres que enseñan todo y son decentes, y mujeres tapadas y recatadas que se acuestan con cualquiera. He visto a la más hermosa llorando por el más feo, y al más mujeriego rogándole a la más fácil. He visto gente que no habla de religión amando a Dios, y gente que te habla de Dios siendo una porquería. He visto a alguien sin futuro llegar lejos, y a personas preparadas fracasar. He visto a millonarios envidiar al más pobre. He visto al malo levantarse y cambiar su vida, y a personas cansadas de ser buenas haciendo daño. He visto al más valiente tragarse la rabia y llorar de impotencia. Y también vi al más pequeño levantarse y enfrentar al más grande. En mi vida he visto muchas cosas. Y si algo tengo claro es esto... no todo es lo que parece.


Mi conclusión.

2025 no fue un año fácil. Fue un año verdadero. Un año que me obligó a parar, a mirarme, a reconstruirme. Un año que me enseñó que la dignidad no se negocia. Que la paz es un tesoro. Que la soledad elegida no es vacío, es libertad.

Cierro este año con serenidad, con firmeza y con la certeza de que lo que venga dependerá, sobre todo, de cómo decida vivirlo. Y yo decido vivir en paz. Como lo haría un organizador, con estrategia, con intuición, con independencia. Sin ruido. Sin máscaras. Sin miedo.


Guiño final al 2026.

Y ahora, mientras 2026 se acerca, no me engaño, el futuro es incierto. En estos tiempos, más que nunca, uno sabe que mañana puede caer un meteorito y terminar la existencia sin previo aviso. La vida no promete nada, no asegura nada. Pero el tiempo que me quede, sea un año, una década o un instante, pienso vivirlo con la misma mezcla de lucha y gratitud. Lucharé por lo que merece la pena. Agradeceré lo que la vida me dé, incluso cuando venga disfrazada de prueba.

Escribo porque me sienta bien. Porque ordenar mis palabras es ordenar mi alma. Y cuando lo hago público, no es por exhibición, es por si allá afuera hay alguien perdido, alguien que necesita una frase, una idea, un reflejo que le recuerde que no está solo. Si mis textos ayudan aunque sea a una sola persona, ya habré cumplido un buen cometido. Al final, todo gesto bueno suma. Todo acto consciente limpia un poco mi karma. Quizá así me gane un pase hacia otra vida, otra dimensión, otro universo. No sé si existe algo más allá, pero si existe, quiero llegar allí habiendo sido fiel a mí mismo.


LO QUE RESISTE... PERMANECE.







No hay comentarios:

Publicar un comentario