Hay temas que uno evita sacar en una comida familiar, en una sobremesa con amigos o en una reunión de vecinos. Pero hoy me apetece abrir melón. Y no un melón cualquiera, el melón de las infidelidades. Ese que todos miran de reojo, como si no fuera con ellos, pero que en realidad atraviesa vidas, historias y silencios desde que el ser humano aprendió a caminar erguido… Y a mirar de reojo también.
A veces pienso que ni los pingüinos, esos supuestos campeones de la monogamia, se libran del asunto. Seguro que alguno, en mitad del hielo, ha mirado a otra pingüina con un “uy, qué plumas más brillantes”. Porque seamos sinceros, la fidelidad absoluta es un ideal precioso, pero la naturaleza humana (y animal) es más compleja que un cuento de Disney.
Por qué hay infidelidades.
La respuesta fácil sería decir que porque somos débiles. Pero no es tan simple. Las infidelidades existen porque nadie controla sus sentimientos al 100%, ni sus deseos, ni sus impulsos. Y porque la vida, a veces, se complica más de lo que uno quisiera.
Las nuevas tecnologías tampoco han ayudado. Antes, para ser infiel, había que currárselo, excusas, llamadas desde cabinas, cartas escondidas… Ahora basta con un mensaje, un emoji mal puesto o un “¿qué tal?” a las dos de la mañana.
La tentación cabe en un bolsillo. Pero no nos engañemos, infidelidades ha habido siempre y siempre las habrá. No por maldad, sino porque somos humanos. Y los humanos, aunque racionales, seguimos siendo animales. Algunos más racionales que otros, claro.
Mi parte del pastel.
A mí me han sido infiel. Y yo también lo fui hace muchos años. ¿Que si me arrepiento? Pues claro. Si pudiera volver atrás, evitaría ciertos errores. Pero la vida no trae botón de “rewind”. Lo único que podemos hacer es aprender, crecer y procurar no repetir lo que nos hizo daño a nosotros o a otros.
He cometido errores, sí. Y por eso, de vez en cuando, me cruzo con alguna mirada por la calle como si yo fuera el toro que mató a Manolete. Pero en una relación a tres, porque toda infidelidad es eso, una relación triangular, la responsabilidad nunca es de uno solo. Cada persona aporta su parte, su carencia, su impulso, su decisión.
Los perfectos existen… Pero son minoría.
Tengo unos vecinos que son el matrimonio perfecto. Buena gente, buenas personas, de esas parejas que te hacen pensar que el mundo todavía tiene arreglo. Si todos fuéramos como ellos, probablemente viviríamos en una sociedad más amable. Pero no todos somos así. Cada persona es un universo distinto, con sus luces, sus sombras y sus contradicciones.
Y en los tiempos que corren, donde todo es inmediato, desechable y sustituible, mantener una relación sólida es casi un acto heroico.
No juzgar: Un acto de humildad.
En el tema de las infidelidades, lo tengo claro, nadie debería juzgar a nadie. Ninguno somos ejemplo de nada. Y si dos personas están viviendo una aventura, adelante. Mientras ellos sean felices, ¿Qué más nos tiene que importar a los demás?
¿Que siempre hay una tercera persona que sufre? Sí. Pero seamos honestos, en una relación a tres, todos sufren, aunque sea de forma inconsciente. Nadie sale indemne del triángulo.
Mi presente: Cautela, soledad y propósito.
Ahora llevo tiempo solo. Y no lo digo con tristeza. Lo digo con serenidad. He aprendido a estar conmigo mismo, a ser buena persona hacia mí, a limpiar mi karma haciendo el bien siempre que puedo. No soy perfecto, ni pretendo serlo. Pero intento ser consciente de lo que hago, de lo que digo y de lo que permito.
Estoy abierto al amor, sí, pero ya no a cualquier precio. Me he vuelto cauto, desconfiado, solitario. No por miedo, sino por experiencia. Y mientras tanto, cultivo mi mente, mi espíritu y mi paz interior. Porque al final, todo tiene fecha de caducidad, incluso las heridas. Y cuando uno acepta eso, empieza a vivir con más calma, más verdad y más libertad.
NO PUEDES CONTROLAR LO QUE OTROS HACEN... PERO SÍ LO QUE TÚ PERMITES.
Me gustaría añadir que este año 2026 me he propuesto algo muy simple en teoría, pero tremendamente liberador en la práctica, darle a cada persona exactamente la misma importancia que esa persona me da a mí. Ni más, ni menos. No por rencor, sino por equilibrio. No por orgullo, sino por salud mental.
Y que nadie se confunda, no hablo de cortar lazos con quienes, por circunstancias de la vida, no están presentes a diario. Todos tenemos gente que, aunque no hablemos durante meses, sabemos que estaría ahí si un día el mundo se nos viniera encima. A esas personas se las lleva en el alma, no en la agenda.
Me refiero a los otros u otras. A los que aparecen cuando necesitan algo, cuando les conviene, cuando ven en ti una utilidad momentánea. A los que te buscan por interés, pero jamás por afecto. A esos, a esas, este año, les voy a dar exactamente lo que me dan, lo justo, lo proporcional, lo que corresponde.
No es venganza, es matemática emocional. Porque uno llega a una edad, y a una serenidad, en la que entiende que la energía es limitada, y que gastarla en quien no la valora es como regar un cactus con agua bendita, un desperdicio poético, pero un desperdicio al fin y al cabo.
Así que este 2026 lo afronto con una regla clara, quien sume, dentro, quien reste, fuera, y quien solo aparezca para pedir, que no espere milagros. Yo sigo siendo la misma persona, sigo intentando hacer el bien, sigo limpiando mi karma… Pero también he aprendido a no regalar mi paz a quien no sabe cuidarla.
Al final, la vida es demasiado corta para invertirla en quien solo te ve como un recurso. Y demasiado valiosa para no protegerla como lo que es, tu único patrimonio real.
Y quiero terminar con algo sencillo:
El que esté libre de pecado… Que tire la primera piedra. Yo no la tiro. No guardo rencor, porque el rencor no es estoico, ni útil, ni práctico. Es una cadena, y yo hace tiempo que aprendí a caminar ligero. Cada uno carga con sus decisiones, con sus aciertos y con sus errores. Yo cargo con los míos, los acepto, los entiendo y sigo adelante. Sin piedras en los bolsillos, sin cuentas pendientes y sin permitir que el pasado me dicte el presente.
Y aun así, entre todo lo vivido, tengo algo claro, yo, personalmente, no perdonaría una infidelidad. No por orgullo ni por soberbia, sino porque mis principios y mi paz interior van primero. Pero también sé que cada persona tiene sus propios valores, sus límites y su manera de entender el amor. Y todos son respetables.
El rencor envejece el alma y distorsiona la memoria. Prefiero quedarme con lo aprendido, no con lo perdido. La vida ya pesa lo suficiente como para cargar además con piedras que no sirven para nada.
QUIEN DOMINA SUS IMPULSOS... DOMINA SU DESTINO.


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