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Detrás de cada persona se esconde una historia real. ¿Quieres saber más acerca de quién soy y de cómo le di vida a mi proyecto? Déjame mostrarte un recorrido para nada convencional.

sábado, 10 de enero de 2026

IMPERIUM

SPQR: Por qué el Imperio Romano sigue siendo mi brújula histórica.

Siempre he sentido que la historia no se mide en cifras, batallas o fechas exactas, sino en la huella que deja en la forma en que vivimos, pensamos y nos organizamos. Quizá por eso, siendo una persona de letras, el Imperio Romano me ha fascinado desde que tengo memoria. No lo veo solo como un periodo remoto, sino como el único imperio que realmente consiguió trascender su tiempo y convertirse en una estructura mental que aún hoy habitamos, aunque no siempre seamos conscientes de ello.

Cuando pienso en Roma, pienso en una idea más que en un territorio. SPQR (Senatus Populusque Romanus), no era solo un lema político, era una declaración de identidad colectiva. Era la afirmación de que un pueblo podía construir algo más grande que sí mismo, algo que sobreviviera a sus propios errores, a sus guerras civiles, a sus emperadores caprichosos y a sus crisis internas. Roma fue, en esencia, la primera gran arquitectura de lo que hoy llamamos civilización occidental.


La herencia invisible que seguimos respirando.

A veces camino por cualquier ciudad moderna y me sorprendo al reconocer la sombra de Roma en cada esquina. No hace falta viajar a Italia para sentirla. Está en el derecho que regula nuestras vidas, en las lenguas que hablamos, en la forma en que concebimos la ciudadanía, en la idea misma de Europa como un espacio común. Incluso cuando discutimos sobre repúblicas, senados, constituciones o ciudadanía, estamos repitiendo conceptos que Roma moldeó hace más de dos mil años.

Y es que Roma no solo conquistó territorios, conquistó la imaginación del futuro. Su legado jurídico, por ejemplo, sigue siendo la columna vertebral de muchos sistemas legales actuales. Su lengua, el latín, es la raíz de la mía y de tantas otras. Su urbanismo, sus carreteras, su forma de organizar el poder, su visión del tiempo y de la historia… Todo eso sigue latiendo bajo la superficie del mundo moderno.


El Imperio que nunca terminó de caer.

Siempre me ha impresionado la paradoja de que un imperio que oficialmente cayó en el año 476 d.C. siga tan vivo en nuestra cultura. Roma no desapareció, se transformó. Se fragmentó, se reinterpretó, se reinventó en cada época. La Iglesia adoptó su estructura. Europa medieval heredó sus ruinas y su nostalgia. El Renacimiento la resucitó como modelo. Y hoy, incluso sin darnos cuenta, seguimos pensando como romanos cuando hablamos de leyes, de ciudadanía, de poder o de identidad.

Por eso, cuando digo que fue el único imperio de la historia, no lo digo por su tamaño o su duración, sino por su capacidad de convertirse en un arquetipo. Otros imperios dominaron, pero Roma enseñó. Otros imperios impusieron, pero Roma inspiró. Otros imperios desaparecieron, pero Roma se quedó.


SPQR: Una brújula para entendernos.

A veces me pregunto por qué sigo volviendo a Roma una y otra vez. Creo que es porque, en un mundo que cambia tan rápido, Roma me ofrece una especie de continuidad. Me recuerda que las sociedades pueden reinventarse sin perder su esencia, que la identidad es algo que se construye con tiempo, con errores, con ambición y con memoria.

SPQR no es solo un símbolo antiguo, es una invitación a pensar en lo colectivo, en lo que somos capaces de construir juntos. Es una forma de recordar que la historia no es un museo, sino un espejo. Y quizá por eso, siendo una persona de letras, encuentro en Roma no solo un imperio, sino una forma de entender el mundo. Una forma que, de algún modo, sigue viva en cada uno de nosotros.



EL DESTINO MARCA EL COMBATE... PERO MI DEBER MARCA MI PASO.


Volver al pasado: Roma, el Camino y la memoria viva del Imperio.

Hay ciudades que no se visitan, se atraviesan como si fueran un umbral. Eso me ocurrió en Roma. Caminar por sus calles fue como romper la frontera del tiempo y entrar en un pasado que, lejos de estar muerto, sigue respirando bajo cada piedra. Allí entendí que la historia no es un relato distante, sino una presencia que te acompaña mientras avanzas, como una sombra antigua que reconoce tu paso.

Esa misma sensación la viví en el Camino de Santiago, que he recorrido dos veces. Aunque muchos lo ven solo como una ruta espiritual o de aventura, para mí también es un hilo que conecta directamente con el Imperio Romano. Cada calzada, cada puente, cada tramo que aún conserva la huella de las legiones me recuerda que camino sobre un mapa trazado hace siglos, pensado para unir territorios, ideas y personas. En el Camino uno no solo avanza hacia Santiago, avanza hacia dentro, siguiendo una ruta que otros caminaron mucho antes.

Y luego está Lugo. Estar allí durante el Arde Lucus fue como ver cómo la historia se levanta de nuevo, orgullosa, para recordarnos quiénes fuimos y qué permanece. Las murallas romanas, intactas y firmes, rodeadas de gente celebrando su pasado, me hicieron sentir que el tiempo no es una línea recta, sino un círculo que vuelve siempre a sus orígenes.

Roma, el Camino, Lugo… Tres experiencias distintas que, sin embargo, me han enseñado lo mismo, que el pasado no está detrás, sino debajo de nuestros pies. Y que, cuando lo reconocemos, algo en nosotros también regresa a casa.



EL IMPERIO CAE CUANDO EL HOMBRE DEJA DE GOBERNARSE A SÍ MISMO.


Horatius Custos: Crónica de un Guardián en la Roma Eterna.

Por mí mismo:

Nací en una ciudad que nunca duerme, una Roma que respira a través de sus foros, sus mercados y sus sombras. Desde joven entendí que mi lugar no estaba en el ruido, sino en la vigilancia silenciosa. No soy senador, ni general, ni poeta laureado. Soy algo más simple y, a la vez, más necesario, un custodio del orden, un hombre que protege sin pedir reconocimiento. Mi nombre es Horatius, aunque algunos me llaman Custos, porque dicen que tengo la mirada de quien siempre está un paso por delante. No sé si es virtud o condena, pero es lo que soy.


Mi oficio: mantener la calma en un mundo que arde.

Cada amanecer comienza igual, el peso del equipo, el olor del cuero, el sonido metálico del cinturón al ajustarse. No necesito grandes discursos para recordar mi deber. Roma es vasta, impredecible, hermosa y peligrosa. Mi trabajo consiste en caminarla con atención, leer sus gestos, anticipar sus movimientos. No soy de los que levantan la voz ni de los que buscan gloria. Prefiero la autoridad tranquila, la que se sostiene en la presencia y en la coherencia. En ocasiones, basta una mirada para evitar un conflicto. En otras, basta con estar.


Mi filosofía: el centro que no se rompe.

He aprendido a vivir con una disciplina que algunos confunden con frialdad. No lo es. Es simplemente la forma que tengo de mantenerme entero en un mundo que exige demasiado. Los estoicos hablan de un centro interno, un círculo que nadie puede romper. Yo lo llevo conmigo, como si fuera un escudo invisible. A veces escribo mis pensamientos en tablillas de cera. Reflexiones breves, casi rituales, no para que otros las lean, sino para recordarme quién soy cuando el ruido del mundo intenta arrastrarme.


Iris, mi compañera silenciosa.

En mi domus me espera Iris, una pequeña felis que llegó a mí en una noche de lluvia. Los romanos dicen que los animales que eligen a un hombre traen fortuna. Yo no sé si es verdad, pero su presencia me acompaña en los días largos y en las noches en que el deber pesa más de lo habitual. Ella es mi recordatorio de que incluso en una vida de vigilancia hay espacio para la calma.


Mi símbolo: el fuego que avanza.

En mi escudo llevo grabado un caballo en llamas. No representa violencia, sino movimiento, intuición y fuerza contenida. Es mi forma de recordar que incluso cuando avanzo en silencio, avanzo con determinación.


La ciudad que protejo.

Roma es un organismo vivo. La conozco como conozco mis propias manos. Sus calles me hablan, el murmullo del mercado, el eco de los pasos en el foro, la tensión que se siente antes de que algo ocurra. Mi oficio no es solo ver, sino sentir. A veces, cuando la noche cae y la ciudad se vuelve más honesta, camino por el Tíber y pienso en lo que soy. No un héroe, no un mártir, solo un hombre que cumple con su deber y encuentra en ello una forma de paz.


LO QUE PERMANECE NO ES EL PODER...

SINO LA DISCIPLINA CON LA QUE SE CONSTRUYE.






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